La epidemia de la soledad gay

Ser gay no es lo que se pensaba

En EEUU muchos jóvenes homosexuales se sienten aislados. No son un caso único: sus historias suceden en todo el mundo

“Antes me emocionaba cuando se acababan las metanfetaminas”.
Este es mi amigo Jeremy.
“Cuando son tuyas”, dice, “tienes que seguir usándolas. Cuando se acaban
es como: ‘Bien, puedo volver a mi vida’. Antes aguantaba despierto todo el
fin de semana, iba a fiestas de sexo y luego me sentía como una mierda
hasta el miércoles. Hace dos años o por ahí me pasé a la cocaína porque
así podía trabajar al día siguiente”.

Jeremy me cuenta esto desde la cama del hospital, seis historias sobre
Seattle. No me contará las circunstancias exactas de la sobredosis, solo
que un desconocido llamó a una ambulancia y él se despertó ahí.
Jeremy no es el amigo con el que esperaba mantener esta conversación.
Hasta hace unas semanas, no tenía ni idea de que él tomaba cosas más
fuertes que martinis. Él es esbelto, inteligente, no toma gluten, es la típica
persona que lleva camisa de trabajo independientemente del día que sea.
La primera vez que nos conocimos, hace tres años, me preguntó si sabía
de algún sitio para hacer CrossFit. Hoy, cuando le pregunto qué tal está en
el hospital, lo primero que me dice es que no hay Wi-Fi y que se le están
acumulando los correos del trabajo.

“Las drogas eran una combinación de aburrimiento y soledad”, afirma. “Los
viernes por la noche solía llegar a casa agotado del trabajo y entonces era:
‘¿Y ahora qué?’. Así que llamaba para que me trajeran metanfetaminas y
buscaba en internet si había alguna fiesta esa noche. Era eso o ver una
peli yo solo”.
Jeremy [no es su nombre real. Sólo algunos de los nombres de este
artículo son reales] no es mi único amigo gay que lo está pasando mal.
También está Malcolm, que apenas sale de casa —aparte de ir al trabajo—
por la fuerte ansiedad que tiene. Y Jared, cuya depresión y cuyo trastorno
dismórfico corporal han limitado su vida social a yo mismo, el gimnasio y
los ligues por internet. Y también estaba Christian, el segundo chico al que
besé en mi vida, que se suicidó a los 32 años, dos semanas después de
que su novio rompiera con él. Christian fue a una tienda de artículos de
fiesta, alquiló un tanque de helio, empezó a inhalarlo, le envió un mensaje a
su ex y le dijo que fuera para allá, para asegurarse de que encontrara el
cuerpo.

Durante años he visto la divergencia entre mis amigos hetero y mis amigos
gay. Mientras que la mitad de mi círculo social ha desaparecido entre
relaciones, niños y barrios residenciales, la otra está luchando con el aislamiento y la ansiedad, las drogas duras y las relaciones sexuales de
riesgo.

Nada de esto encaja con la historia que me han contado, la que yo mismo
me he contado. Como yo, Jeremy no creció acosado por sus compañeros
ni rechazado por su familia. No recuerda que nadie le llamara maricón. Se
crió en un barrio residencial de la Costa Oeste y su madre era lesbiana.
“Me lo confesó cuando yo tenía 1 2 años”, cuenta. “Y dos frases después
me dijo que sabía que yo era gay. En ese momento ni siquiera yo lo sabía
bien”.

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En esta foto salimos mi familia y yo cuando tenía 9 años. Mis padres siguen
diciendo que no tenían ni idea de que era gay. Qué monos.

Jeremy y yo tenemos 34 años. A lo largo de nuestra vida, la comunidad gay ha progresado más en la aceptación legal y social que cualquier otro grupo
demográfico en la historia. Hace poco, en mi propia adolescencia, el
matrimonio homosexual era una aspiración distante, algo que los
periódicos exponían con escepticismo. Ahora está consagrado por una ley
del Tribunal Supremo. En Estados Unidos, el apoyo público al matrimonio
gay ha pasado del 27% en 1 996 al 61 % en 201 6. En el cine y la tele hemos
evolucionado desde A la caza hasta Moonlight, pasando por Queer Eye.
Los personajes gais son ahora tan comunes que hasta nos permiten tener
defectos. Aun así, aunque celebremos la magnitud y la velocidad de este
cambio, los porcentajes de depresión, soledad y abuso de sustancias en la
comunidad gay siguen atascados en el mismo lugar en el que han estado
durante décadas.

Dependiendo del estudio, los homosexuales tienen entre dos y diez veces
más probabilidades de suicidarse que los hetero. Tenemos el doble de
posibilidades de sufrir un episodio depresivo grave. Además, parece que
los traumas se concentran en los hombres. En un estudio de hombres
homosexuales recién llegados a Nueva York, tres cuartos de ellos sufrían
ansiedad o depresión, abusaban de las drogas o del alcohol o mantenían
relaciones sexuales de riesgo, o una combinación de las tres. Pese a toda
la charla sobre “la familia que elegimos”, los hombres gais tienen menos
amigos íntimos que los hetero o que las lesbianas. En un estudio realizado
entre enfermeros de clínicas de VIH, un participante contó a los
investigadores: “No es cuestión de que no sepan cómo salvar su vida. Es
cuestión de que sepan si merece la pena salvar su vida”.

No voy a fingir ser objetivo en estos temas. Soy un tipo gay,
constantemente soltero, criado en una ciudad de un azul intenso por
padres de la PFLAG (una organización de Padres, familias y amigos de
lesbianas y gais). Nunca he conocido a nadie que haya muerto de sida.
Nunca he experimentado discriminación directa y salí del armario a un
mundo en el que el matrimonio, un jardincito y un golden retriever no solo
eran factibles, sino algo previsto. También he estado dentro y fuera de
terapia más veces de las que he descargado y borrado Grindr.
“El matrimonio igualitario y los cambios en el estatus legal fueron una
mejora para algunos homosexuales”, afirma Christopher Stults,
investigador en la Universidad de Nueva York que estudia las diferencias
entre los hombres homosexuales y los hetero. “Pero para muchas otras
personas, fue un chasco. En el sentido de, vale, tenemos este estatus
legal, pero hay algo que no hemos cumplido”.

Resulta que esta sensación de vacío no es solo un fenómeno
estadounidense. En los Países Bajos, donde el matrimonio gay es legal
desde 2001 , los homosexuales siguen teniendo tres veces más
posibilidades de sufrir un trastorno del estado de ánimo que los
heterosexuales, y diez veces más de tener una “conducta suicida”. En Suecia, donde se celebran uniones civiles desde 1995 y matrimonios desde
2009, los hombres casados con otros hombres presentan una tasa de
suicidios tres veces superior a la de hombres casados con mujeres.
Todas estas estadísticas insoportables conducen a la misma conclusión:
sigue siendo extrañamente peligroso llevar una vida como hombre atraído
por otros hombres. La buena noticia es que los epidemiólogos y los
científicos sociales están más cerca que nunca de entender todos los
motivos.

Hay millones de gais que han salido del armario y que se
sienten igual de solos..

Travis Salway, investigador del BC Centre for Disease Control de
Vancouver, ha pasado los últimos cinco años intentando descubrir por qué
los hombres homosexuales siguen suicidándose.

“El rasgo característico de los gais solía ser la soledad que hay dentro del
armario”, explica. “Pero ahora hay millones de gais que han salido del
armario y que se sienten igual de solos”.

Estamos comiendo en un antro. Es noviembre, él llega en vaqueros,
zuecos y con un anillo de boda.
“Eres un gay casado, ¿eh?”, le digo.
“Y monógamo”, afirma él. “Creo que nos van a dar la llave de la ciudad”.

Salway creció en Celina (Ohio), una ciudad llena de fábricas en la que
viven 1 0.000 personas. El tipo de ciudad donde, según él, el matrimonio
compite con la universidad para la gente de 21 años. Le hicieron bullying
por ser gay antes de que él supiera que lo era. “Era un hombre afeminado y
formaba parte de un coro”, me cuenta. “Eso fue suficiente”. Empezó a tener
cuidado. Tuvo novia durante la mayor parte de los años de instituto e
intentó evitar a los chicos —tanto romántica como platónicamente— hasta
que pudo salir de ahí.

Para finales de la década del 2000, ya era trabajador social y epidemiólogo
y (al igual que me pasaba a mí) le sorprendía el distanciamiento entre sus
amigos hetero y sus amigos homosexuales. Empezó a preguntarse si la
historia que siempre había escuchado, la historia sobre los gais y la salud
mental, estaba incompleta.

Cuando las diferencias empezaron a hacerse patentes en los años 50 y 60,
los médicos creían que era un síntoma de la propia homosexualidad, uno
de los muchos síntomas de lo que, en la época, se conocía como “inversión
sexual”. Sin embargo, a medida que el movimiento a favor de los derechos
de los homosexuales empezó a popularizarse, la homosexualidad
desapareció del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos
mentales y el motivo de la homosexualidad pasó a ser el trauma. Las
familias de los hombres homosexuales les echaban de casa, ese amor era
ilegal. Por supuesto que los índices de suicidio y de depresión eran muy
altos. “Eso pensaba yo también”, comenta Salway, “que el suicidio de los
gais era cosa de otra época o que solo se suicidaban adolescentes que no
veían otra salida”.

Pero entonces echó un vistazo a los datos: el problema no solo era el
suicidio, no solo afectaba a adolescentes y no solo había casos en zonas
homófobas. Descubrió que los hombres homosexuales de cualquier parte
del mundo y de cualquier edad presentan unos índices más altos de
enfermedades cardiovasculares, cáncer, incontinencia, disfunción eréctil,
alergia, asma… lo que se te ocurra. Salway descubrió que, en Canadá, el
suicidio era una causa de muerte más común que el SIDA entre los gais (y
llevaba siéndolo durante muchos años). Salway cree que también podría
ser así en Estados Unidos, pero nadie se ha molestado en estudiar este
tema.

“Vemos a hombres gais de los que nunca han abusado ni física ni
sexualmente con síntomas de estrés postraumático similares a los que
presentan personas que han estado en conflictos armados o que han
sufrido violaciones”, explica Alex Keuroghlian, psiquiatra del Fenway
Institute’s Center for Population Research in LGBT Health.
Tal y como dice Keuroghlian, los hombres homosexuales están
“preparados para esperar rechazos”. Analizamos constantemente las
situaciones sociales para encontrar algo en lo que no encajamos.
Luchamos por reafirmarnos. Rememoramos nuestros fracasos sociales sin
parar.
Sin embargo, el peor de estos síntomas es que la mayoría de nosotros no
los concibe como síntomas. Desde que descubrió esos datos, Salway ha
empezado a entrevistar a gais que han intentado suicidarse, pero han
sobrevivido.
“Cuando les preguntas por qué han intentado suicidarse, la mayoría de
ellos no menciona nada acerca de su orientación sexual”. En lugar de eso,
hablan de problemas sentimentales, de dinero y de trabajo. “No tienen la
sensación de que su sexualidad es el aspecto más destacado de su vida.
Aun así, la sexualidad tiene una importancia tan grande que puede provocar un suicidio”.

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©Carl De Keyzer / Magnum Photos

El término que utilizan los expertos para explicar este fenómeno es “estrés de las minorías”. Es muy simple: ser miembro de un grupo marginado requiere un esfuerzo extra. Cuando eres la única mujer en una reunión de negocios, o el único chico negro de tu residencia de estudiantes, tienes que pensar de una forma diferente a la de los miembros de la mayoría. Si te enfrentas a tu jefe o no lo haces, ¿caes en los estereotipos de las mujeres trabajadoras? Si no sacas sobresaliente en un examen, ¿la gente pensará que es culpa del color de tu piel? Aunque no experimentes este tipo de ofensas, considerar estas posibilidades pasa factura con el tiempo.

Para las personas homosexuales, esto se magnifica por el hecho de que el
estatus de nuestra minoría está oculto. No solo tenemos que hacer todo
este trabajo extra y responder a todos estos pensamientos con 1 2 años,
también tenemos que hacerlo sin poder hablar con nuestros amigos y
nuestros padres.
John Pachankis, investigador sobre el estrés de la Universidad de Yale,
explica que el daño real tiene lugar en los cinco años entre los que te das
cuenta de tu sexualidad y empiezas a decírselo a los demás. Incluso los
factores de estrés más leves de este periodo tienen un efecto magnificado,
no porque sean provocados por un trauma, sino porque empezamos a
esperarlos. “Nadie tiene que llamarte ‘maricón’ para que tú cambies el
comportamiento con el objetivo de que dejen de llamártelo”, dice Salway.
James, un chico de 20 años que prácticamente ha salido del armario, me
cuenta que cuando tenía 1 2 años y no se lo había dicho a nadie, una
compañera de clase le preguntó qué pensaba sobre otra chica. “Bueno,
parece un chico”, dijo sin pensar. “Así que, sí, a lo mejor me acostaría con
ella”.

De repente, le entró miedo: “No dejaba de pensar ‘¿alguien lo habrá oído?’o ‘¿se lo habrán dicho a alguien?”.
Yo también pasé así mi adolescencia: tenía cuidado, se me escapaba algo,
me estresaba, intentaba compensarlo. Una vez, en un parque acuático, uno
de mis amigos del colegio me pilló mirándole mientras esperábamos la cola
de un tobogán. “Tío, ¿me estabas mirando?”, me preguntó. Me las arreglé
para decir algo como: “Lo siento, no eres mi tipo”. Después me pasé varias
semanas preocupado por lo que pensaría de mí. Pero nunca me dijo nada.
El bullying estaba en mi cabeza.
“Para los gais, el trauma es la naturaleza prolongada de ello”, explica
William Elder, investigador y psicólogo experto en traumas sexuales. “Si
vives una situación traumática, padeces un tipo de trastorno de estrés
postraumático que se puede curar en cuatro o seis meses de terapia. Pero
si vives años y años con factores estresantes constantes (pequeñas cosas
con las que piensas ‘¿eso es culpa de mi orientación sexual?’) puede ser
mucho peor”.

img3-2 ©Michael Christopher Brown / Ma

“En la tele sólo veía familias
tradicionales”, cuenta James. “Pero al mismo tiempo, veía un montón de
porno gay… Así que pensé que tenía esas dos opciones”.
Para Elder, estar dentro del armario es como si alguien te pegara un puñetazo flojo en el brazo constantemente. Al principio te molesta un poco.
Cuando pasa el tiempo te irrita mucho. Al final es lo único en lo que puedes
pensar.
Y el estrés de aguantar eso todos los días empieza a acumularse.

Parece que crecer siendo gay es casi tan perjudicial como crecer siendo
pobre. Según un estudio realizado en 201 5, las personas homosexuales
producen menos cortisol, la hormona que regula el estrés. Su sistema está
tan activado en la adolescencia, y de forma tan constante, que de adultos
acaban siendo perezosos, afirma Katie McLaughlin, una de las coautoras
del estudio. En 201 4, los investigadores compararon el riesgo
cardiovascular en adolescentes gais y hetero. Descubrieron que no es que
los niños homosexuales sufran más “episodios estresantes en su vida”
(esto es: los hetero también tienen problemas), sino que los que
experimentan dañan más su sistema nervioso.

Annesa Flentje, investigadora sobre el estrés de la Universidad de
California, San Francisco, se ha especializado en el efecto del estrés de las
minorías en la expresión génica. Todos esos puñetazos suaves se
combinan con cómo nos adaptamos a ellos, sostiene, y se convierten en
“formas automáticas de pensar que siempre estarán ahí, incluso 30 años
después”. Lo reconozcamos o no, el cuerpo no deja de acarrear el armario,
que nos acompaña hasta la edad adulta. “De pequeños, no tenemos las
herramientas para procesar ese estrés y, de adultos, no lo reconocemos
como trauma”, afirma John, ex asesor que dejó su trabajo hace dos años
para hacer cerámica y organizar rutas de aventura en las montañas de
Adirondack. “Nuestra intuición nos dice que sobrellevemos las cosas tal y
como hicimos de niños”.

Incluso Salway, que ha dedicado su carrera a entender el estrés de las
minorías, confiesa que hay días en los que se siente incómodo paseando
por Vancouver con su pareja. Nadie los ha atacado nunca, pero sí ha
habido unos pocos gilipollas que les han gritado improperios en público. No
hace falta que esto ocurra muchas veces para que empieces a esperarlo,
para que tu corazón se acelere cada vez que un coche se acerca.

No obstante, el estrés de las minorías no explica completamente por qué
los gais son tan propensos a los problemas de salud. Porque aunque la
primera ronda de daños ocurra antes de salir del armario, la segunda, y
quizá la más severa, viene después.

Sales de casa de tus padres y llegas a un pub gay en el que
hay un montón de gente y piensas: ‘¿Esta es mi comunidad?’.
Es la puta selva!!!

Nadie le dijo nunca a Adam que dejara de actuar como afeminado. Pero él, igual que yo y que la mayoría, de algún modo se lo aprendió.

“Nunca me preocupó que mi familia fuera homófoba”, explica. “Cuando era
pequeño, me envolvía una manta alrededor del cuerpo, como si fuera un
vestido, y me ponía a bailar en el jardín. A mis padres les parecía adorable,
así que me grabaron en vídeo para enseñárselo a mis abuelos. Cuando
vimos la grabación, me escondí detrás del sofá porque me dio mucha
vergüenza. Debía tener unos seis o siete años”.

Para cuando entró en el instituto, Adam había aprendido a gestionar sus
amaneramientos tan bien que nadie pensaba que fuera gay. Pero, aun así,
“no podía confiar en nadie porque estaba escondiendo esto. Tenía que
actuar en solitario”.

Salió del armario a los 16 años, después se graduó, se mudó a San
Francisco y empezó a trabajar en la prevención del VIH. Pero la sensación
de distanciamiento con los demás no desaparecía. Así que intentó tratarla,
según él, “con mucho sexo. Es el recurso más accesible en la comunidad
gay. Te convences de que si te estás acostando con alguien estás
compartiendo un momento íntimo con él. Y eso acabó siendo un apoyo
para mí”.

Trabajaba muchas horas. Llegaba a casa agotado, fumaba marihuana, se
tomaba una copa de vino tinto y empezaba a navegar por las aplicaciones
para ligar con el objetivo de encontrar a alguien a quien invitar a casa. A
veces quedaba con dos o tres chicos al día. “Le cerraba la puerta a uno y
venía el siguiente”.

Me pasé años así. El año pasado, por Acción de Gracias, volvió a casa a
visitar a sus padres y sentía la necesidad compulsiva de acostarse con
alguien porque estaba muy estresado. Cuando por fin dio con un tío de la
zona que estaba dispuesto a acostarse con él, corrió a la habitación de sus
padres y empezó a rebuscar en los cajones para ver si tenían Viagra.

“¿Ese fue el momento en el que tocaste fondo?”, le pregunto.

“Por tercera o cuarta vez, sí”, contesta.

Adam se ha apuntado a una terapia de 1 2 pasos para tratar la adicción al
sexo. Han pasado seis semanas desde la última vez que tuvo relaciones
sexuales. Antes, lo máximo que había pasado sin acostarse con nadie
habían sido tres o cuatro días.

“Hay personas que practican mucho sexo porque es divertido, y no hay
ningún problema. Pero yo lo exprimía como si fuera una toalla mojada,
como intentando sacar algo que no había: apoyo social o compañía. Era
una forma de no lidiar con mi propia vida. Yo negaba que fuera un
problema porque siempre pensaba: ‘He salido del armario, me he mudado
a San Francisco, ya está, como gay, he hecho todo lo que tenía que hacer”.

Durante décadas, los psicólogos pensaron lo mismo: que las fases clave en
la formación de la identidad para los hombres gais llevaban a salir del
armario y que, una vez que estuviéramos cómodos con nosotros mismos,
podríamos empezar a construir una vida dentro de una comunidad de
personas que habían pasado por lo mismo. Sin embargo, a lo largo de los
últimos 1 0 años, los investigadores han descubierto que esa desesperación
por encajar no hace más que intensificarse. Según un estudio publicado en
2015, los índices de ansiedad y depresión eran más altos en los hombres
que habían salido del armario hacía poco que en los que aún estaban en
él.
“Es como si salieras del armario esperando ser una mariposa y la
comunidad gay te quitara el idealismo a tortas”, opina Adam. Esto es lo que
recuerda de cuando salió del armario: “Fui a West Hollywood (Los Ángeles,
Estados Unidos) porque pensaba que ahí encontraría a mi gente. Pero fue
horrible. Todos eran gais adultos, no resultaba muy acogedor para los más
jóvenes. Sales de casa de tus padres y llegas a un pub gay en el que hay
un montón de gente drogándose y piensas: ‘¿Esta es mi comunidad?’. Es
la puta selva”.

img4-2 Brian Finke

“Salí del armario con 1 7 años y no veía que hubiera un lugar
para mí en el panorama gay”, confiesa Paul, que es desarrollador de
software. “Quería enamorarme como veía en las películas que hacía la
gente heterosexual. Pero me sentía como un trozo de carne. Empezó a
afectarme tanto que iba a hacer la compra a un supermercado que estaba a 40 minutos de mi casa en vez de a uno que estaba a 1 0 porque me daba
miedo tener que pasar por la calle gay”.

La palabra que utiliza Paul es “retraumatizado”. Creces con esta soledad,
acumulando todo esta carga, y llegas a sitios como Castro (San Francisco,
California) o Boystown (Douglas, Nebraska) y piensas que por fin te
aceptarán por quién eres. Entonces te das cuenta de que todo el mundo
tiene su bagaje. Y, de repente, no es la homosexualidad la que provoca
que te rechacen. Es el peso, el sueldo o la raza. “Los chicos de los que se
reían en el colegio crecen y se convierten en los abusones”, relata Paul.

“Los hombres gais en particular no suelen ser muy agradables entre sí”,
dice John, que es guía turístico. “En la cultura pop, las drag queens son
conocidas por sus discusiones y sus encontronazos y todo son risas. Pero
esa maldad es casi patológica. Todos estábamos muy confusos o nos
engañamos a nosotros mismos durante una buena parte de nuestra
adolescencia. Pero no nos resulta cómodo mostrárselo a los demás. Así
que demostramos a los demás lo que el mundo nos demuestra a nosotros:
es decir, maldad”.

Todos los hombres gais a los que conozco llevan consigo un informe
mental de todas las cosas horribles que les han hecho o dicho otros
hombres. Una vez quedé con un chico, pero cuando me vio, se levantó, me
dijo que era más bajito de lo que parecía en las fotos y se fue. Alex, que es
instructor de fitness en Seattle, tuvo que aguantar que un chico de su
equipo de natación le dijera: “Ignoraré tu cara si me follas sin condón”.
Martin, un chico británico que vive en Portland (Estados Unidos), ha cogido
unos kilos desde que se mudó y el día de Navidad recibió por Grindr un
mensaje que decía: “Antes eras muy sexy. Es una pena que la hayas
cagado”.

En otras minorías, el hecho de vivir en una comunidad de personas
similares está relacionado con la disminución de los índices de ansiedad y
depresión. Es algo que ayuda a sentirse más unido a gente que
instintivamente te entiende. Pero para nosotros el efecto es el contrario.
Varios estudios han llegado a la conclusión de que vivir en un barrio gay se
traduce en tasas más elevadas de sexo sin protección y consumo de
metanfetaminas, y en un descenso de la cantidad de tiempo invertido en
realizar actividades en grupo, como deporte o un voluntariado. Una
investigación de 2009 sugiere que los hombres gais que estaban más
ligados a la comunidad gay se sentían menos satisfechos con sus
relaciones sentimentales.

“Los hombres gais y bisexuales identifican a la comunidad gay como una
fuente relevante de estrés en su vida”, asegura Pachankis. El principal
motivo es que la discriminación interna causa más daños psicológicos que
el rechazo por parte de la mayoría. Es fácil pasar de todo, poner los ojos en
blanco y hacerle la peineta a todos los heterosexuales a los que no les gustas porque, total, no necesitas su aprobación. Sin embargo, ser
rechazado por otros homosexuales es como perder la única forma que te
queda de hacer amigos y de encontrar el amor. Que la gente que es como
tú te dé la espalda duele más todavía, ya que a ellos los necesitas más.

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©Peter Marlow / Magnum Photos

Los investigadores con los que he hablado explican que los gais se hacen daño entre ellos por dos razones
principales. La primera, y la que oigo más a menudo, es que se debe,
básicamente, a que son hombres.
“Los desafíos de la masculinidad se intensifican en una comunidad de
hombres”, sostiene Pachankis. “La masculinidad es precaria. Hay que estar
constantemente representándola, defendiéndola y acumulándola. Lo vemos
en los estudios: si la masculinidad de un grupo de hombres se ve
amenazada, empiezan a hacer cosas estúpidas. Adoptan posturas
corporales más agresivas, empiezan a asumir riesgos financieros, sienten
el deseo de pegar a las cosas”.

Esto ayuda a explicar el estigma generalizado que se tiene contra los
chicos afeminados en la comunidad gay. Según Dane Whicker,
investigador y psicólogo clínico de la Universidad Duke, la mayoría de los
hombres gais prefiere salir con un chico masculino y afirman que les
gustaría ser más masculinos. Quizá esto se deba a la homofobia
interiorizada: sigue habiendo prejuicios sobre los gais afeminados y se les
ve como la parte pasiva en el sexo anal.

Según una investigación longitudinal que duró dos años, cuanto más
tiempo llevaran los hombres fuera del armario, más probabilidades tenían
de ser versátiles o activos. De acuerdo con los investigadores, este tipo de
entrenamiento, esta forma de intentar parecer más masculino y de asumir
otro papel en el sexo, es uno de los instrumentos que utilizan los hombres
gais para ejercer presión entre ellos para conseguir “capital sexual”, el
equivalente a ir al gimnasio o a depilarse las cejas.

“La única razón por la que empecé a hacer ejercicio fue que quería dar la
sensación de que podía ser el activo”, confiesa Martin. Cuando salió del
armario, estaba convencido de que era demasiado delgado y afeminado, y
de que los pasivos pensarían que era uno de ellos. “Así que empecé a
fingir un comportamiento hipermasculino. Mi novio se dio cuenta hace poco
de que sigo bajando la voz una octava cada vez que pido en un bar. Es un
remanente de mis primeros años fuera del armario, cuando pensaba que
tenía que poner la voz de Batman para ligar”.

Grant, un joven de 21 años que se crió en Long Island y ahora vive en el
barrio de Hell’s Kitchen (Nueva York), comenta que antes prestaba
demasiada atención a sus posturas: con las manos en las caderas, y una
pierna ligeramente adelantada, como una vedette. En su segundo año de
universidad, empezó a fijarse en las posturas de sus profesores y a dejar
de cruzar las piernas y los brazos.

Estas normas de masculinidad le pasan factura a todo el mundo, incluso a
quienes las perpetran. Los gais afeminados presentan tasas más altas de
riesgo de suicidio, de soledad y de problemas de salud mental. Por su
parte, los gais masculinos tienen más ansiedad, practican más sexo sin
protección, fuman más y consumen más drogas. Según un estudio sobre
las causas por las que vivir en la comunidad gay fomenta la depresión, este
efecto solo lo presentaban los hombres homosexuales masculinos.

La segunda razón por la que la comunidad gay actúa como un causante de
estrés en sus miembros no está en el porqué de que se rechacen entre
ellos, sino en el cómo.

En los últimos 10 años, los lugares habitualmente frecuentados por gais,
como los bares, los pubs y las saunas, han empezado a desaparecer y los
han sustituido las redes sociales. Más de un 70% de los hombres
homosexuales utilizan aplicaciones para conocer gente, como Grindr o
Scruff. En el año 2000, alrededor del 20% de las parejas homosexuales se
conocían a través de internet. Para el año 201 0, la cifra había subido al
70%. Además, el número de parejas gais que se conocían a través de
amigos en común cayó del 30 al 1 2%.

Normalmente, cuando los medios tratan el tema de la preeminencia de las
aplicaciones de ligue entre los usuarios gais (los usuarios de Grindr, la más
popular, pasan una media de 90 minutos al día navegando por ella) lo
hacen con un tono alarmista y através de noticias de asesinatos, de
homófobos que recurren a estas aplicaciones para localizar a sus víctimas
o de la nueva moda de mezclar la práctica sexual con el consumo de
drogas que tanto tirón está teniendo en Londres y en Nueva York. Sí, es
cierto que hay problemas. Pero el efecto real de las aplicaciones de ligue
es más sutil, menos marcado y, en cierto modo, más profundo: para
muchos de nosotros, se han convertido en la principal vía de interacción
con otros gais.

img6 ©Jerome Sessini / Magnum Photos

“Es mucho más fácil conocer a alguien para echar un polvo por Grindr que ir a un pub solo”, opina Adam.
“Especialmente si te acabas de mudar a una ciudad nueva, es muy fácil
dejar que una aplicación se convierta en tu vida social. Es más difícil
buscar situaciones sociales en las que seguramente tengas que esforzarte
más”.
“Tengo momentos en los que quiero sentirme deseado y me meto en
Grindr”, explica Paul. “Subo una foto sin camiseta y empiezo a recibir
mensajes de chicos que me dicen que estoy muy bueno. Sienta bien en el
momento, pero no se saca nada más de ahí y los mensajes dejan de llegar
al cabo de unos días. Me sienta bien, como si me estuviera rascando una
picadura, pero en realidad es sarna. Se va a extender”.

Aunque lo peor de este tipo de aplicaciones —y el motivo por el que son
relevantes para la disparidad de salud entre los hombres gais y los hetero
— es que, además de que las utilizamos mucho, estamos diseñados de
una manera casi perfecta para enfatizar las concepciones negativas sobre
nosotros mismos. Tras entrevistar a un grupo de hombres homosexuales
en 201 5, Elder, un experto en estrés postraumático, llegó a la conclusión
de que el 90% quería que su novio fuera alto, joven, blanco, musculoso y
masculino. Para la inmensa mayoría de nosotros, que apenas cumplimos
uno de esos requisitos (y mucho menos los cinco a la vez), las aplicaciones
para ligar nos hacen sentir feos de una forma muy eficaz.
Paul reconoce que desde el momento en el que abre la aplicación ya está
nervioso, esperando que llegue el rechazo. John antes era asesor, mide
1,90 y tiene 27 años y unos abdominales que se le marcan aunque lleve
puesto un jersey de lana. Pero, aun así, dice que no le responden a la
mayoría de los mensajes y que se pasa unas 10 horas hablando con gente
a través de la aplicación por cada hora que pasa quedando con chicos para
tomar un café o para practicar sexo.

Para los hombres gais que no son blancos la situación es peor. Vincent,
que organiza sesiones de terapia con hombres negros y latinos a través del
Departamento de Salud Pública de San Francisco, opina que con estas
aplicaciones las minorías raciales reciben dos tipos de respuestas: rechazo
(“lo siento, no me gustan los tíos negros”) o fetichismo (“hola, me gustan
muchísimo los tíos negros”). Paihan, un inmigrante de Taiwán que vive en
Seattle, me enseña su bandeja de entrada de Grindr. Y tiene el mismo
aspecto que la mía: la mayor parte de los mensajes son saludos enviados
sin respuesta. Uno de los pocos mensajes recibidos simplemente reza:
“Asiáaaatico”.

Nada nuevo. Wall Odets, un psicólogo que lleva escribiendo sobre
aislamiento social desde la década de los 80, afirma que los hombres gais
se preocupan ahora por Grindr como antes lo hacían por las saunas. La
diferencia que él ve en sus pacientes más jóvenes es que “si alguien te
rechazaba en una sauna, todavía podías entablar una conversación con él.
Existía la posibilidad de acabar haciendo un amigo o de que acabara
siendo una experiencia social positiva. En una aplicación, simplemente te
ignoran si no te perciben como una conquista sexual o romántica”. Los
hombres homosexuales a los que se entrevistó hablaban de estas
aplicaciones para ligar de la misma forma en que los heterosexuales
hablan de Tinder: “Es una mierda, pero ¿qué haces si no?”. “En las
ciudades pequeñas hay que utilizar las aplicaciones”, explica Michael
Moore, un psicólogo de Yale. “Hacen la función de un pub gay. Pero la
parte negativa es que sacan a la luz todos los prejuicios”.

img7 Lo que estas aplicaciones refuerzan, o quizá simplemente aceleran, es la
versión adulta de lo que Pachankis llama Best Little Boy in the World
Hypothesis (o La hipótesis del niño diez). Cuando somos niños, crecer
dentro del armario hace que concentremos nuestra propia valía en cualquier cosa que el mundo exterior quiera que seamos: buenos
estudiantes, deportistas, cualquier cosa. De adultos, las normas sociales de
nuestra propia comunidad nos presionan para concentrar nuestra valía en
otras cosas: el aspecto físico, la masculinidad, la destreza sexual… Pero
entonces, incluso aunque nos las arreglemos para competir ahí, aunque
hayamos conseguido ser el hombre gay masculino y dominante que
queríamos, lo único que hemos hecho en realidad es condicionarnos para
que nos machaquen cuando, de forma inevitable, lo acabemos perdiendo.

“Solemos vivir nuestra vida a través de los ojos de los demás”, afirma Alan
Downs, psicólogo y autor de The Velvet Rage, un libro sobre la lucha de los
hombres homosexuales con la humillación y la aprobación social.

“Queremos tener un hombre tras otro, más musculoso, con un estatus
social superior, con cualquier cosa que nos haga sentir aceptados más
rápidamente. Nos despertamos con 40 años, agotados, y nos
preguntamos: ‘¿Esto es todo?’. Y entonces viene la depresión”.

Nuestra distancia de lo ‘mainstream’ también es fuente de
nuestro humor, de nuestra resiliencia, de nuestra empatía y
nuestro talento superior para vestirnos, para bailar y para el karaoke.

Perry Halkitis, profesor en la Universidad de Nueva York (NYU), estudia
desde principios de los 90 la diferencia de salud entre personas gais y
hetero. Ha publicado cuatro libros sobre la cultura gay y ha entrevistado a
hombres con VIH, a hombres que se drogan en fiestas y que luchan por
planear su propia boda.
Ese es el motivo por el que hace dos años su sobrino James apareció en
su puerta temblando. Sentó a Halkitis y a su marido en el sofá y les anunció
que era gay. “Le dijimos: ‘Felicidades, tu tarjeta de miembro y tu paquete
de bienvenida están en la habitación de al lado”, recuerda Halkitis. “Pero él
estaba demasiado nervioso como para pillar la broma”.

James se crió en Queens, en una familia grande, cariñosa y liberal. Fue a
un colegio público con otros niños abiertamente homosexuales. “Y aun
así”, dice Halkitis, “para él supuso una crisis emocional. Sabía
racionalmente que todo iba a ir bien, pero estar en el armario no es algo
racional, sino emocional”.
A lo largo de los años, James se había convencido a sí mismo de que
nunca saldría del armario. No quería atraer la atención de la gente, ni tener
que contestar a preguntas para las que no tenía respuesta. Su sexualidad
no tenía sentido para él; ¿cómo lo iba a explicar a otras personas? “En la
tele sólo veía familias tradicionales”, me cuenta. “Pero al mismo tiempo,
veía un montón de porno gay, en el que todo el mundo está
supermusculado y soltero y practica sexo todo el tiempo. Así que pensé que tenía esas dos opciones: una vida de cuento de hadas que nunca
podría tener o esta vida gay en la que no había historia de amor”.
James recuerda el momento exacto en que decidió que iba a salir del
armario. Tendría unos 10 u 11 años y estaba de vacaciones en Long Island
con sus padres. “Miré a nuestro alrededor, vi a nuestra familia y los niños que había por ahí, y pensé: ‘Nunca voy a tener esto’, y me puse a llorar”.

En el momento en que me lo cuenta, veo que está describiendo justo la
misma revelación que sentí yo a su edad, la misma pena. La de James fue
en 2007. La mía fue en 1 992. Halkitis dice que la suya fue en 1 977.
Sorprendido de que alguien a la edad de su sobrino tuviera la misma
experiencia que él, Halkitis decidió que su nuevo proyecto de libro sería
sobre el trauma del armario.
“Incluso ahora, incluso en Nueva York, incluso con padres comprensivos, el
proceso de salida del armario es complicado”, afirma Halkitis. “Quizá
siempre lo sea”.
¿Entonces qué se supone que hay que hacer? Cuando pensamos en las
leyes sobre el matrimonio o en la prohibición de los crímenes de odio,
tendemos a asociarlas a la protección de nuestros derechos. Lo que se
entiende menos es que la ley afecte literalmente a nuestra salud.

Uno de los estudios más sorprendentes que he leído habla sobre un pico
de ansiedad y depresión entre los hombres gais en 2004 y 2005, años en
los que 1 4 Estados aprobaron enmiendas constitucionales que definían el
matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. Entre los
homosexuales de esos Estados se produjo un incremento de un 37% en
los trastornos del estado de ánimo, un aumento de un 42% en el
alcoholismo y un 248% más de trastornos de ansiedad en general.

img8

Lo más escalofriante de esas cifras es que los derechos legales de los gais
de esos Estados no cambiaron en la práctica. En Michigan no nos
podíamos casar ni antes de la enmienda ni después. Las leyes eran
simbólicas. Era solo la forma de informar a los gais de que la mayoría de la
gente no nos quería. Lo que es peor, las tasas de ansiedad y depresión no
solo aumentaron en los Estados donde se aprobaron esas enmiendas.
También subieron (aunque de forma menos dramática) entre los
homosexuales de todo el país. La campaña para hacernos sufrir funcionó.

Ahora asocia eso al hecho de que nuestro país ha elegido a un
Demogorgon naranja cuya administración está tratando abiertamente de
revertir todas y cada una de las victorias que la comunidad gay ha logrado
en los últimos 20 años. El mensaje que esto envía a los gais —
especialmente a los jóvenes que siguen luchando con su identidad— no
podía ser más claro y más aterrador.

Cualquier debate sobre salud mental en los homosexuales tiene que
empezar por lo que ocurre en los colegios. Pese al progreso que tiene lugar
a su alrededor, las instituciones educativas siguen siendo lugares
peligrosos para los niños, llenos de chicos con aspiraciones, profesores
indiferentes y políticas retrógradas. Emily Greytak, directora de
investigación de la organización anti-bullying GLSEN, cuenta que entre
2005 y 201 5 el porcentaje de adolescentes que afirmó sufrir bullying por su
orientación sexual no cayó en absoluto. Solo un 30% de los distritos
escolares del país siguen políticas anti-bullying que mencionan
específicamente a los niños LGTBQ, y otros miles de distritos tienen
políticas que impiden a los profesores hablar sobre la homosexualidad de
forma positiva.

Estas restricciones reducen mucho las posibilidades de los chicos de
gestionar su estrés. Por suerte, no es necesario que todos los profesores y
todos los adolescentes del equipo acepten a los gais de la noche a la
mañana. Desde los últimos cuatro años, Nicholas Hech, investigador en la
Marquette University, dirige grupos de apoyo para niños gais en los
institutos. Los acompaña a través de sus interacciones con sus
compañeros, con sus maestros y con sus padres, e intenta ayudarlos a
separar el estrés típico adolescente del estrés que sufren debido a su
sexualidad. Por ejemplo, los padres de un chico le presionaban para que
estudiara Finanzas en lugar de Arte, simplemente con la esperanza de que
su hijo entrara a un sector en el que encontrara menos homófobos. Pero él
ya sentía ansiedad: si dejaba las Finanzas, ¿se estaba rindiendo ante el
estigma? Y si entraba en Arte y aun así le acosaban, ¿podría contárselo a
sus padres?

El truco, afirma Heck, consiste en que los chicos hagan estas preguntas
abiertamente, porque uno de los síntomas clave de su estrés es el hecho
de evitar hablar sobre el tema. Los niños escuchan comentarios
despectivos en el pasillo, así que deciden irse por otro, o ponerse los cascos para no oír.
Piden al profesor ayuda y este los ignora, así que dejan
de buscar seguridad en los adultos. Pero los chicos del estudio, cuenta
Heck, ya están empezando a rechazar la responsabilidad que solían
achacarse cuando los acosaban. Están aprendiendo que aunque no
puedan cambiar el entorno que los rodea, pueden dejar de culparse a sí
mismos.
Por tanto, para los niños el objetivo es identificar y prevenir el estrés de las
minorías. Pero, ¿qué se puede hacer con aquellos que ya lo hemos
internalizado?

“Se ha trabajado mucho con los adolescentes homosexuales, pero no tanto
con la gente que ronda los 30 o los 40″, comenta Salway. Para él, el
problema es que hemos construido infraestructuras totalmente separadas
en torno a la salud mental, la prevención del VIH y el abuso de sustancias,
pese a que las pruebas indican que no se trata de tres epidemias, sino de
una sola. La gente que se siente rechazada tiende a automedicarse, lo cual
los hace más propensos a mantener relaciones sexuales de riesgo, lo cual
los hace más propensos a contraer VIH, lo cual los hace más propensos a
sentirse rechazados, y así sucesivamente.
En los últimos cinco años, a medida que ha ido creciendo la evidencia de
esta interconexión, varios psicólogos y epidemiólogos han empezado a
tratar la alienación entre los gais como algo “sindémico”: un cúmulo de
problemas de salud, de los cuales ninguno puede arreglarse por sí solo.

img9

Pachankis, el investigador sobre el estrés, acaba de dirigir el primer ensayo aleatorio controlado de terapia del comportamiento cognitivo “de afirmación gay”. Después de años evitando las emociones, muchos homosexuales “no saben, literalmente, lo que sienten”, asegura. Su pareja les dice “te quiero” y ellos contestan: “Vale, yo quiero tortitas”. Lo dejan con el chico que estaban saliendo porque se ha dejado el cepillo de dientes en su casa. O, como muchos de los tíos con los que he hablado, practican sexo sin protección con desconocidos porque no saben escuchar su propia agitación.
Según Pachankis, el desapego emocional de ese tipo es penetrante y
muchos de los hombres con los que trabaja siguen sin reconocer que las
cosas por las que luchan —un cuerpo perfecto, trabajar más y mejor que
sus colegas, conseguir el ligue ideal por Grindr entre semana— están
reforzando su propio miedo al rechazo.
Solo con señalar estos patrones, Pachankis obtuvo grandes resultados: sus
pacientes mostraron una menor tasa de ansiedad, depresión, consumo de
drogas y sexo sin condón en solo tres meses. Ahora está expandiendo el
estudio para que incluya más ciudades, más participantes y un periodo de
tiempo mayor.

Estas soluciones son prometedoras, pero siguen siendo imperfectas. No sé
si llegará a cerrarse la brecha de salud mental entre hombres hetero y gais.
Siempre habrá más niños hetero que gais, siempre estaremos aislados
entre ellos y, de algún modo, creceremos apartados de nuestras familias y
nuestros colegios y nuestras ciudades. Pero quizá no todo es malo.
Nuestra distancia de lo mainstream puede ser la fuente de nuestras
dolencias, pero también es fuente de nuestro humor, de nuestra resiliencia,
de nuestra empatía y nuestro talento superior para vestirnos, para bailar y
para el karaoke. Tenemos que reconocer eso al tiempo que seguimos
luchando por que haya leyes y entornos mejores y al tiempo que vamos
descubriendo cómo tratarnos mejor los unos a los otros.
Sigo pensando en algo que Paul, el desarrollador de software, me dijo: “Los
gais siempre nos hemos dicho que cuando la epidemia del sida se acabara
estaríamos bien. Luego, que cuando pudiéramos casarnos estaríamos
bien. Ahora, que cuando el bullying se acabe estaremos bien. Seguimos
esperando el momento en que lleguemos a sentir que no somos diferentes
de los demás. Pero el hecho es que somos diferentes. Solo nos falta
aceptarlo y trabajar con ello”.
—————————————
Créditos
Texto – MichaelHobb
Traducción de Irene de Andrés, Lara Eleno y Marina Velasco.
Créditos – Portada: PG /Magnum Photos. Imágenes deltexto: Michael
Hobbes; Fotos CarlDe Keyzer/Magnum; Fotos de MichaelChristopher
Brown /Magnum; Hulton Archive /GettyImages; Fotos Thomas Hoepker/
Magnum; Brian Finke; Fotos PeterMarlow/Magnum; Fotos de Jerome
Sessini/Magnum; Donna Ferrato; Jim Goldberg /Magnum Photos.
Diseño – Sandra Garcia
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NOTA: Este artículo acaba de ser actualizado (15/01/2019) por el autor del Blog (mainds), porque misteriosamente este artículo desapareción de HuffingtonPost (que raro, no?). Por suerte, alcancé a copiar el post y guardármelo por si lo borraban (acerté). 

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Acerca de Mainds

Mainds® es un pseudónimo y la firma personal de una actividad en rotulación a pincel (sign painting), dibujo publicitario y diseño gráfico que desarrollé durante mas de 10 años. Desde el 2006 escribo sobre temas que me inquietan y me interesan.
Esta entrada fue publicada en Cosas de otros Blogs, COSAS DEL ALMA, PARA QUE SEPAS y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

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