The best a man can be: Gillette vuelve al pasado para reconfigurar la masculinidad del futuro — Una pausa para la publicidad

https://www.youtube.com/embed/koPmuEyP3a0?version=3&rel=1&fs=1&autohide=2&showsearch=0&showinfo=1&iv_load_policy=1&wmode=transparent

En 1989, Gillete lanzaba su mítica campaña (y su igualmente icónico tagline) The best a man can get. Hoy, la han vuelto a lanzar pero, como son otros tiempos, la han transformado en We believe: The best a man ca be. 30 años después han querido reconfigurar en ella el papel de los hombres en la […]

a través de The best a man can be: Gillette vuelve al pasado para reconfigurar la masculinidad del futuro — Una pausa para la publicidad

Anuncios
Cita | Publicado el por | Deja un comentario

La epidemia de la soledad gay

Ser gay no es lo que se pensaba

En EEUU muchos jóvenes homosexuales se sienten aislados. No son un caso único: sus historias suceden en todo el mundo

“Antes me emocionaba cuando se acababan las metanfetaminas”.
Este es mi amigo Jeremy.
“Cuando son tuyas”, dice, “tienes que seguir usándolas. Cuando se acaban
es como: ‘Bien, puedo volver a mi vida’. Antes aguantaba despierto todo el
fin de semana, iba a fiestas de sexo y luego me sentía como una mierda
hasta el miércoles. Hace dos años o por ahí me pasé a la cocaína porque
así podía trabajar al día siguiente”.

Jeremy me cuenta esto desde la cama del hospital, seis historias sobre
Seattle. No me contará las circunstancias exactas de la sobredosis, solo
que un desconocido llamó a una ambulancia y él se despertó ahí.
Jeremy no es el amigo con el que esperaba mantener esta conversación.
Hasta hace unas semanas, no tenía ni idea de que él tomaba cosas más
fuertes que martinis. Él es esbelto, inteligente, no toma gluten, es la típica
persona que lleva camisa de trabajo independientemente del día que sea.
La primera vez que nos conocimos, hace tres años, me preguntó si sabía
de algún sitio para hacer CrossFit. Hoy, cuando le pregunto qué tal está en
el hospital, lo primero que me dice es que no hay Wi-Fi y que se le están
acumulando los correos del trabajo.

“Las drogas eran una combinación de aburrimiento y soledad”, afirma. “Los
viernes por la noche solía llegar a casa agotado del trabajo y entonces era:
‘¿Y ahora qué?’. Así que llamaba para que me trajeran metanfetaminas y
buscaba en internet si había alguna fiesta esa noche. Era eso o ver una
peli yo solo”.
Jeremy [no es su nombre real. Sólo algunos de los nombres de este
artículo son reales] no es mi único amigo gay que lo está pasando mal.
También está Malcolm, que apenas sale de casa —aparte de ir al trabajo—
por la fuerte ansiedad que tiene. Y Jared, cuya depresión y cuyo trastorno
dismórfico corporal han limitado su vida social a yo mismo, el gimnasio y
los ligues por internet. Y también estaba Christian, el segundo chico al que
besé en mi vida, que se suicidó a los 32 años, dos semanas después de
que su novio rompiera con él. Christian fue a una tienda de artículos de
fiesta, alquiló un tanque de helio, empezó a inhalarlo, le envió un mensaje a
su ex y le dijo que fuera para allá, para asegurarse de que encontrara el
cuerpo.

Durante años he visto la divergencia entre mis amigos hetero y mis amigos
gay. Mientras que la mitad de mi círculo social ha desaparecido entre
relaciones, niños y barrios residenciales, la otra está luchando con el aislamiento y la ansiedad, las drogas duras y las relaciones sexuales de
riesgo.

Nada de esto encaja con la historia que me han contado, la que yo mismo
me he contado. Como yo, Jeremy no creció acosado por sus compañeros
ni rechazado por su familia. No recuerda que nadie le llamara maricón. Se
crió en un barrio residencial de la Costa Oeste y su madre era lesbiana.
“Me lo confesó cuando yo tenía 1 2 años”, cuenta. “Y dos frases después
me dijo que sabía que yo era gay. En ese momento ni siquiera yo lo sabía
bien”.

img1
En esta foto salimos mi familia y yo cuando tenía 9 años. Mis padres siguen
diciendo que no tenían ni idea de que era gay. Qué monos.

Jeremy y yo tenemos 34 años. A lo largo de nuestra vida, la comunidad gay ha progresado más en la aceptación legal y social que cualquier otro grupo
demográfico en la historia. Hace poco, en mi propia adolescencia, el
matrimonio homosexual era una aspiración distante, algo que los
periódicos exponían con escepticismo. Ahora está consagrado por una ley
del Tribunal Supremo. En Estados Unidos, el apoyo público al matrimonio
gay ha pasado del 27% en 1 996 al 61 % en 201 6. En el cine y la tele hemos
evolucionado desde A la caza hasta Moonlight, pasando por Queer Eye.
Los personajes gais son ahora tan comunes que hasta nos permiten tener
defectos. Aun así, aunque celebremos la magnitud y la velocidad de este
cambio, los porcentajes de depresión, soledad y abuso de sustancias en la
comunidad gay siguen atascados en el mismo lugar en el que han estado
durante décadas.

Dependiendo del estudio, los homosexuales tienen entre dos y diez veces
más probabilidades de suicidarse que los hetero. Tenemos el doble de
posibilidades de sufrir un episodio depresivo grave. Además, parece que
los traumas se concentran en los hombres. En un estudio de hombres
homosexuales recién llegados a Nueva York, tres cuartos de ellos sufrían
ansiedad o depresión, abusaban de las drogas o del alcohol o mantenían
relaciones sexuales de riesgo, o una combinación de las tres. Pese a toda
la charla sobre “la familia que elegimos”, los hombres gais tienen menos
amigos íntimos que los hetero o que las lesbianas. En un estudio realizado
entre enfermeros de clínicas de VIH, un participante contó a los
investigadores: “No es cuestión de que no sepan cómo salvar su vida. Es
cuestión de que sepan si merece la pena salvar su vida”.

No voy a fingir ser objetivo en estos temas. Soy un tipo gay,
constantemente soltero, criado en una ciudad de un azul intenso por
padres de la PFLAG (una organización de Padres, familias y amigos de
lesbianas y gais). Nunca he conocido a nadie que haya muerto de sida.
Nunca he experimentado discriminación directa y salí del armario a un
mundo en el que el matrimonio, un jardincito y un golden retriever no solo
eran factibles, sino algo previsto. También he estado dentro y fuera de
terapia más veces de las que he descargado y borrado Grindr.
“El matrimonio igualitario y los cambios en el estatus legal fueron una
mejora para algunos homosexuales”, afirma Christopher Stults,
investigador en la Universidad de Nueva York que estudia las diferencias
entre los hombres homosexuales y los hetero. “Pero para muchas otras
personas, fue un chasco. En el sentido de, vale, tenemos este estatus
legal, pero hay algo que no hemos cumplido”.

Resulta que esta sensación de vacío no es solo un fenómeno
estadounidense. En los Países Bajos, donde el matrimonio gay es legal
desde 2001 , los homosexuales siguen teniendo tres veces más
posibilidades de sufrir un trastorno del estado de ánimo que los
heterosexuales, y diez veces más de tener una “conducta suicida”. En Suecia, donde se celebran uniones civiles desde 1995 y matrimonios desde
2009, los hombres casados con otros hombres presentan una tasa de
suicidios tres veces superior a la de hombres casados con mujeres.
Todas estas estadísticas insoportables conducen a la misma conclusión:
sigue siendo extrañamente peligroso llevar una vida como hombre atraído
por otros hombres. La buena noticia es que los epidemiólogos y los
científicos sociales están más cerca que nunca de entender todos los
motivos.

Hay millones de gais que han salido del armario y que se
sienten igual de solos..

Travis Salway, investigador del BC Centre for Disease Control de
Vancouver, ha pasado los últimos cinco años intentando descubrir por qué
los hombres homosexuales siguen suicidándose.

“El rasgo característico de los gais solía ser la soledad que hay dentro del
armario”, explica. “Pero ahora hay millones de gais que han salido del
armario y que se sienten igual de solos”.

Estamos comiendo en un antro. Es noviembre, él llega en vaqueros,
zuecos y con un anillo de boda.
“Eres un gay casado, ¿eh?”, le digo.
“Y monógamo”, afirma él. “Creo que nos van a dar la llave de la ciudad”.

Salway creció en Celina (Ohio), una ciudad llena de fábricas en la que
viven 1 0.000 personas. El tipo de ciudad donde, según él, el matrimonio
compite con la universidad para la gente de 21 años. Le hicieron bullying
por ser gay antes de que él supiera que lo era. “Era un hombre afeminado y
formaba parte de un coro”, me cuenta. “Eso fue suficiente”. Empezó a tener
cuidado. Tuvo novia durante la mayor parte de los años de instituto e
intentó evitar a los chicos —tanto romántica como platónicamente— hasta
que pudo salir de ahí.

Para finales de la década del 2000, ya era trabajador social y epidemiólogo
y (al igual que me pasaba a mí) le sorprendía el distanciamiento entre sus
amigos hetero y sus amigos homosexuales. Empezó a preguntarse si la
historia que siempre había escuchado, la historia sobre los gais y la salud
mental, estaba incompleta.

Cuando las diferencias empezaron a hacerse patentes en los años 50 y 60,
los médicos creían que era un síntoma de la propia homosexualidad, uno
de los muchos síntomas de lo que, en la época, se conocía como “inversión
sexual”. Sin embargo, a medida que el movimiento a favor de los derechos
de los homosexuales empezó a popularizarse, la homosexualidad
desapareció del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos
mentales y el motivo de la homosexualidad pasó a ser el trauma. Las
familias de los hombres homosexuales les echaban de casa, ese amor era
ilegal. Por supuesto que los índices de suicidio y de depresión eran muy
altos. “Eso pensaba yo también”, comenta Salway, “que el suicidio de los
gais era cosa de otra época o que solo se suicidaban adolescentes que no
veían otra salida”.

Pero entonces echó un vistazo a los datos: el problema no solo era el
suicidio, no solo afectaba a adolescentes y no solo había casos en zonas
homófobas. Descubrió que los hombres homosexuales de cualquier parte
del mundo y de cualquier edad presentan unos índices más altos de
enfermedades cardiovasculares, cáncer, incontinencia, disfunción eréctil,
alergia, asma… lo que se te ocurra. Salway descubrió que, en Canadá, el
suicidio era una causa de muerte más común que el SIDA entre los gais (y
llevaba siéndolo durante muchos años). Salway cree que también podría
ser así en Estados Unidos, pero nadie se ha molestado en estudiar este
tema.

“Vemos a hombres gais de los que nunca han abusado ni física ni
sexualmente con síntomas de estrés postraumático similares a los que
presentan personas que han estado en conflictos armados o que han
sufrido violaciones”, explica Alex Keuroghlian, psiquiatra del Fenway
Institute’s Center for Population Research in LGBT Health.
Tal y como dice Keuroghlian, los hombres homosexuales están
“preparados para esperar rechazos”. Analizamos constantemente las
situaciones sociales para encontrar algo en lo que no encajamos.
Luchamos por reafirmarnos. Rememoramos nuestros fracasos sociales sin
parar.
Sin embargo, el peor de estos síntomas es que la mayoría de nosotros no
los concibe como síntomas. Desde que descubrió esos datos, Salway ha
empezado a entrevistar a gais que han intentado suicidarse, pero han
sobrevivido.
“Cuando les preguntas por qué han intentado suicidarse, la mayoría de
ellos no menciona nada acerca de su orientación sexual”. En lugar de eso,
hablan de problemas sentimentales, de dinero y de trabajo. “No tienen la
sensación de que su sexualidad es el aspecto más destacado de su vida.
Aun así, la sexualidad tiene una importancia tan grande que puede provocar un suicidio”.

img2
©Carl De Keyzer / Magnum Photos

El término que utilizan los expertos para explicar este fenómeno es “estrés de las minorías”. Es muy simple: ser miembro de un grupo marginado requiere un esfuerzo extra. Cuando eres la única mujer en una reunión de negocios, o el único chico negro de tu residencia de estudiantes, tienes que pensar de una forma diferente a la de los miembros de la mayoría. Si te enfrentas a tu jefe o no lo haces, ¿caes en los estereotipos de las mujeres trabajadoras? Si no sacas sobresaliente en un examen, ¿la gente pensará que es culpa del color de tu piel? Aunque no experimentes este tipo de ofensas, considerar estas posibilidades pasa factura con el tiempo.

Para las personas homosexuales, esto se magnifica por el hecho de que el
estatus de nuestra minoría está oculto. No solo tenemos que hacer todo
este trabajo extra y responder a todos estos pensamientos con 1 2 años,
también tenemos que hacerlo sin poder hablar con nuestros amigos y
nuestros padres.
John Pachankis, investigador sobre el estrés de la Universidad de Yale,
explica que el daño real tiene lugar en los cinco años entre los que te das
cuenta de tu sexualidad y empiezas a decírselo a los demás. Incluso los
factores de estrés más leves de este periodo tienen un efecto magnificado,
no porque sean provocados por un trauma, sino porque empezamos a
esperarlos. “Nadie tiene que llamarte ‘maricón’ para que tú cambies el
comportamiento con el objetivo de que dejen de llamártelo”, dice Salway.
James, un chico de 20 años que prácticamente ha salido del armario, me
cuenta que cuando tenía 1 2 años y no se lo había dicho a nadie, una
compañera de clase le preguntó qué pensaba sobre otra chica. “Bueno,
parece un chico”, dijo sin pensar. “Así que, sí, a lo mejor me acostaría con
ella”.

De repente, le entró miedo: “No dejaba de pensar ‘¿alguien lo habrá oído?’o ‘¿se lo habrán dicho a alguien?”.
Yo también pasé así mi adolescencia: tenía cuidado, se me escapaba algo,
me estresaba, intentaba compensarlo. Una vez, en un parque acuático, uno
de mis amigos del colegio me pilló mirándole mientras esperábamos la cola
de un tobogán. “Tío, ¿me estabas mirando?”, me preguntó. Me las arreglé
para decir algo como: “Lo siento, no eres mi tipo”. Después me pasé varias
semanas preocupado por lo que pensaría de mí. Pero nunca me dijo nada.
El bullying estaba en mi cabeza.
“Para los gais, el trauma es la naturaleza prolongada de ello”, explica
William Elder, investigador y psicólogo experto en traumas sexuales. “Si
vives una situación traumática, padeces un tipo de trastorno de estrés
postraumático que se puede curar en cuatro o seis meses de terapia. Pero
si vives años y años con factores estresantes constantes (pequeñas cosas
con las que piensas ‘¿eso es culpa de mi orientación sexual?’) puede ser
mucho peor”.

img3-2 ©Michael Christopher Brown / Ma

“En la tele sólo veía familias
tradicionales”, cuenta James. “Pero al mismo tiempo, veía un montón de
porno gay… Así que pensé que tenía esas dos opciones”.
Para Elder, estar dentro del armario es como si alguien te pegara un puñetazo flojo en el brazo constantemente. Al principio te molesta un poco.
Cuando pasa el tiempo te irrita mucho. Al final es lo único en lo que puedes
pensar.
Y el estrés de aguantar eso todos los días empieza a acumularse.

Parece que crecer siendo gay es casi tan perjudicial como crecer siendo
pobre. Según un estudio realizado en 201 5, las personas homosexuales
producen menos cortisol, la hormona que regula el estrés. Su sistema está
tan activado en la adolescencia, y de forma tan constante, que de adultos
acaban siendo perezosos, afirma Katie McLaughlin, una de las coautoras
del estudio. En 201 4, los investigadores compararon el riesgo
cardiovascular en adolescentes gais y hetero. Descubrieron que no es que
los niños homosexuales sufran más “episodios estresantes en su vida”
(esto es: los hetero también tienen problemas), sino que los que
experimentan dañan más su sistema nervioso.

Annesa Flentje, investigadora sobre el estrés de la Universidad de
California, San Francisco, se ha especializado en el efecto del estrés de las
minorías en la expresión génica. Todos esos puñetazos suaves se
combinan con cómo nos adaptamos a ellos, sostiene, y se convierten en
“formas automáticas de pensar que siempre estarán ahí, incluso 30 años
después”. Lo reconozcamos o no, el cuerpo no deja de acarrear el armario,
que nos acompaña hasta la edad adulta. “De pequeños, no tenemos las
herramientas para procesar ese estrés y, de adultos, no lo reconocemos
como trauma”, afirma John, ex asesor que dejó su trabajo hace dos años
para hacer cerámica y organizar rutas de aventura en las montañas de
Adirondack. “Nuestra intuición nos dice que sobrellevemos las cosas tal y
como hicimos de niños”.

Incluso Salway, que ha dedicado su carrera a entender el estrés de las
minorías, confiesa que hay días en los que se siente incómodo paseando
por Vancouver con su pareja. Nadie los ha atacado nunca, pero sí ha
habido unos pocos gilipollas que les han gritado improperios en público. No
hace falta que esto ocurra muchas veces para que empieces a esperarlo,
para que tu corazón se acelere cada vez que un coche se acerca.

No obstante, el estrés de las minorías no explica completamente por qué
los gais son tan propensos a los problemas de salud. Porque aunque la
primera ronda de daños ocurra antes de salir del armario, la segunda, y
quizá la más severa, viene después.

Sales de casa de tus padres y llegas a un pub gay en el que
hay un montón de gente y piensas: ‘¿Esta es mi comunidad?’.
Es la puta selva!!!

Nadie le dijo nunca a Adam que dejara de actuar como afeminado. Pero él, igual que yo y que la mayoría, de algún modo se lo aprendió.

“Nunca me preocupó que mi familia fuera homófoba”, explica. “Cuando era
pequeño, me envolvía una manta alrededor del cuerpo, como si fuera un
vestido, y me ponía a bailar en el jardín. A mis padres les parecía adorable,
así que me grabaron en vídeo para enseñárselo a mis abuelos. Cuando
vimos la grabación, me escondí detrás del sofá porque me dio mucha
vergüenza. Debía tener unos seis o siete años”.

Para cuando entró en el instituto, Adam había aprendido a gestionar sus
amaneramientos tan bien que nadie pensaba que fuera gay. Pero, aun así,
“no podía confiar en nadie porque estaba escondiendo esto. Tenía que
actuar en solitario”.

Salió del armario a los 16 años, después se graduó, se mudó a San
Francisco y empezó a trabajar en la prevención del VIH. Pero la sensación
de distanciamiento con los demás no desaparecía. Así que intentó tratarla,
según él, “con mucho sexo. Es el recurso más accesible en la comunidad
gay. Te convences de que si te estás acostando con alguien estás
compartiendo un momento íntimo con él. Y eso acabó siendo un apoyo
para mí”.

Trabajaba muchas horas. Llegaba a casa agotado, fumaba marihuana, se
tomaba una copa de vino tinto y empezaba a navegar por las aplicaciones
para ligar con el objetivo de encontrar a alguien a quien invitar a casa. A
veces quedaba con dos o tres chicos al día. “Le cerraba la puerta a uno y
venía el siguiente”.

Me pasé años así. El año pasado, por Acción de Gracias, volvió a casa a
visitar a sus padres y sentía la necesidad compulsiva de acostarse con
alguien porque estaba muy estresado. Cuando por fin dio con un tío de la
zona que estaba dispuesto a acostarse con él, corrió a la habitación de sus
padres y empezó a rebuscar en los cajones para ver si tenían Viagra.

“¿Ese fue el momento en el que tocaste fondo?”, le pregunto.

“Por tercera o cuarta vez, sí”, contesta.

Adam se ha apuntado a una terapia de 1 2 pasos para tratar la adicción al
sexo. Han pasado seis semanas desde la última vez que tuvo relaciones
sexuales. Antes, lo máximo que había pasado sin acostarse con nadie
habían sido tres o cuatro días.

“Hay personas que practican mucho sexo porque es divertido, y no hay
ningún problema. Pero yo lo exprimía como si fuera una toalla mojada,
como intentando sacar algo que no había: apoyo social o compañía. Era
una forma de no lidiar con mi propia vida. Yo negaba que fuera un
problema porque siempre pensaba: ‘He salido del armario, me he mudado
a San Francisco, ya está, como gay, he hecho todo lo que tenía que hacer”.

Durante décadas, los psicólogos pensaron lo mismo: que las fases clave en
la formación de la identidad para los hombres gais llevaban a salir del
armario y que, una vez que estuviéramos cómodos con nosotros mismos,
podríamos empezar a construir una vida dentro de una comunidad de
personas que habían pasado por lo mismo. Sin embargo, a lo largo de los
últimos 1 0 años, los investigadores han descubierto que esa desesperación
por encajar no hace más que intensificarse. Según un estudio publicado en
2015, los índices de ansiedad y depresión eran más altos en los hombres
que habían salido del armario hacía poco que en los que aún estaban en
él.
“Es como si salieras del armario esperando ser una mariposa y la
comunidad gay te quitara el idealismo a tortas”, opina Adam. Esto es lo que
recuerda de cuando salió del armario: “Fui a West Hollywood (Los Ángeles,
Estados Unidos) porque pensaba que ahí encontraría a mi gente. Pero fue
horrible. Todos eran gais adultos, no resultaba muy acogedor para los más
jóvenes. Sales de casa de tus padres y llegas a un pub gay en el que hay
un montón de gente drogándose y piensas: ‘¿Esta es mi comunidad?’. Es
la puta selva”.

img4-2 Brian Finke

“Salí del armario con 1 7 años y no veía que hubiera un lugar
para mí en el panorama gay”, confiesa Paul, que es desarrollador de
software. “Quería enamorarme como veía en las películas que hacía la
gente heterosexual. Pero me sentía como un trozo de carne. Empezó a
afectarme tanto que iba a hacer la compra a un supermercado que estaba a 40 minutos de mi casa en vez de a uno que estaba a 1 0 porque me daba
miedo tener que pasar por la calle gay”.

La palabra que utiliza Paul es “retraumatizado”. Creces con esta soledad,
acumulando todo esta carga, y llegas a sitios como Castro (San Francisco,
California) o Boystown (Douglas, Nebraska) y piensas que por fin te
aceptarán por quién eres. Entonces te das cuenta de que todo el mundo
tiene su bagaje. Y, de repente, no es la homosexualidad la que provoca
que te rechacen. Es el peso, el sueldo o la raza. “Los chicos de los que se
reían en el colegio crecen y se convierten en los abusones”, relata Paul.

“Los hombres gais en particular no suelen ser muy agradables entre sí”,
dice John, que es guía turístico. “En la cultura pop, las drag queens son
conocidas por sus discusiones y sus encontronazos y todo son risas. Pero
esa maldad es casi patológica. Todos estábamos muy confusos o nos
engañamos a nosotros mismos durante una buena parte de nuestra
adolescencia. Pero no nos resulta cómodo mostrárselo a los demás. Así
que demostramos a los demás lo que el mundo nos demuestra a nosotros:
es decir, maldad”.

Todos los hombres gais a los que conozco llevan consigo un informe
mental de todas las cosas horribles que les han hecho o dicho otros
hombres. Una vez quedé con un chico, pero cuando me vio, se levantó, me
dijo que era más bajito de lo que parecía en las fotos y se fue. Alex, que es
instructor de fitness en Seattle, tuvo que aguantar que un chico de su
equipo de natación le dijera: “Ignoraré tu cara si me follas sin condón”.
Martin, un chico británico que vive en Portland (Estados Unidos), ha cogido
unos kilos desde que se mudó y el día de Navidad recibió por Grindr un
mensaje que decía: “Antes eras muy sexy. Es una pena que la hayas
cagado”.

En otras minorías, el hecho de vivir en una comunidad de personas
similares está relacionado con la disminución de los índices de ansiedad y
depresión. Es algo que ayuda a sentirse más unido a gente que
instintivamente te entiende. Pero para nosotros el efecto es el contrario.
Varios estudios han llegado a la conclusión de que vivir en un barrio gay se
traduce en tasas más elevadas de sexo sin protección y consumo de
metanfetaminas, y en un descenso de la cantidad de tiempo invertido en
realizar actividades en grupo, como deporte o un voluntariado. Una
investigación de 2009 sugiere que los hombres gais que estaban más
ligados a la comunidad gay se sentían menos satisfechos con sus
relaciones sentimentales.

“Los hombres gais y bisexuales identifican a la comunidad gay como una
fuente relevante de estrés en su vida”, asegura Pachankis. El principal
motivo es que la discriminación interna causa más daños psicológicos que
el rechazo por parte de la mayoría. Es fácil pasar de todo, poner los ojos en
blanco y hacerle la peineta a todos los heterosexuales a los que no les gustas porque, total, no necesitas su aprobación. Sin embargo, ser
rechazado por otros homosexuales es como perder la única forma que te
queda de hacer amigos y de encontrar el amor. Que la gente que es como
tú te dé la espalda duele más todavía, ya que a ellos los necesitas más.

img5-2
©Peter Marlow / Magnum Photos

Los investigadores con los que he hablado explican que los gais se hacen daño entre ellos por dos razones
principales. La primera, y la que oigo más a menudo, es que se debe,
básicamente, a que son hombres.
“Los desafíos de la masculinidad se intensifican en una comunidad de
hombres”, sostiene Pachankis. “La masculinidad es precaria. Hay que estar
constantemente representándola, defendiéndola y acumulándola. Lo vemos
en los estudios: si la masculinidad de un grupo de hombres se ve
amenazada, empiezan a hacer cosas estúpidas. Adoptan posturas
corporales más agresivas, empiezan a asumir riesgos financieros, sienten
el deseo de pegar a las cosas”.

Esto ayuda a explicar el estigma generalizado que se tiene contra los
chicos afeminados en la comunidad gay. Según Dane Whicker,
investigador y psicólogo clínico de la Universidad Duke, la mayoría de los
hombres gais prefiere salir con un chico masculino y afirman que les
gustaría ser más masculinos. Quizá esto se deba a la homofobia
interiorizada: sigue habiendo prejuicios sobre los gais afeminados y se les
ve como la parte pasiva en el sexo anal.

Según una investigación longitudinal que duró dos años, cuanto más
tiempo llevaran los hombres fuera del armario, más probabilidades tenían
de ser versátiles o activos. De acuerdo con los investigadores, este tipo de
entrenamiento, esta forma de intentar parecer más masculino y de asumir
otro papel en el sexo, es uno de los instrumentos que utilizan los hombres
gais para ejercer presión entre ellos para conseguir “capital sexual”, el
equivalente a ir al gimnasio o a depilarse las cejas.

“La única razón por la que empecé a hacer ejercicio fue que quería dar la
sensación de que podía ser el activo”, confiesa Martin. Cuando salió del
armario, estaba convencido de que era demasiado delgado y afeminado, y
de que los pasivos pensarían que era uno de ellos. “Así que empecé a
fingir un comportamiento hipermasculino. Mi novio se dio cuenta hace poco
de que sigo bajando la voz una octava cada vez que pido en un bar. Es un
remanente de mis primeros años fuera del armario, cuando pensaba que
tenía que poner la voz de Batman para ligar”.

Grant, un joven de 21 años que se crió en Long Island y ahora vive en el
barrio de Hell’s Kitchen (Nueva York), comenta que antes prestaba
demasiada atención a sus posturas: con las manos en las caderas, y una
pierna ligeramente adelantada, como una vedette. En su segundo año de
universidad, empezó a fijarse en las posturas de sus profesores y a dejar
de cruzar las piernas y los brazos.

Estas normas de masculinidad le pasan factura a todo el mundo, incluso a
quienes las perpetran. Los gais afeminados presentan tasas más altas de
riesgo de suicidio, de soledad y de problemas de salud mental. Por su
parte, los gais masculinos tienen más ansiedad, practican más sexo sin
protección, fuman más y consumen más drogas. Según un estudio sobre
las causas por las que vivir en la comunidad gay fomenta la depresión, este
efecto solo lo presentaban los hombres homosexuales masculinos.

La segunda razón por la que la comunidad gay actúa como un causante de
estrés en sus miembros no está en el porqué de que se rechacen entre
ellos, sino en el cómo.

En los últimos 10 años, los lugares habitualmente frecuentados por gais,
como los bares, los pubs y las saunas, han empezado a desaparecer y los
han sustituido las redes sociales. Más de un 70% de los hombres
homosexuales utilizan aplicaciones para conocer gente, como Grindr o
Scruff. En el año 2000, alrededor del 20% de las parejas homosexuales se
conocían a través de internet. Para el año 201 0, la cifra había subido al
70%. Además, el número de parejas gais que se conocían a través de
amigos en común cayó del 30 al 1 2%.

Normalmente, cuando los medios tratan el tema de la preeminencia de las
aplicaciones de ligue entre los usuarios gais (los usuarios de Grindr, la más
popular, pasan una media de 90 minutos al día navegando por ella) lo
hacen con un tono alarmista y através de noticias de asesinatos, de
homófobos que recurren a estas aplicaciones para localizar a sus víctimas
o de la nueva moda de mezclar la práctica sexual con el consumo de
drogas que tanto tirón está teniendo en Londres y en Nueva York. Sí, es
cierto que hay problemas. Pero el efecto real de las aplicaciones de ligue
es más sutil, menos marcado y, en cierto modo, más profundo: para
muchos de nosotros, se han convertido en la principal vía de interacción
con otros gais.

img6 ©Jerome Sessini / Magnum Photos

“Es mucho más fácil conocer a alguien para echar un polvo por Grindr que ir a un pub solo”, opina Adam.
“Especialmente si te acabas de mudar a una ciudad nueva, es muy fácil
dejar que una aplicación se convierta en tu vida social. Es más difícil
buscar situaciones sociales en las que seguramente tengas que esforzarte
más”.
“Tengo momentos en los que quiero sentirme deseado y me meto en
Grindr”, explica Paul. “Subo una foto sin camiseta y empiezo a recibir
mensajes de chicos que me dicen que estoy muy bueno. Sienta bien en el
momento, pero no se saca nada más de ahí y los mensajes dejan de llegar
al cabo de unos días. Me sienta bien, como si me estuviera rascando una
picadura, pero en realidad es sarna. Se va a extender”.

Aunque lo peor de este tipo de aplicaciones —y el motivo por el que son
relevantes para la disparidad de salud entre los hombres gais y los hetero
— es que, además de que las utilizamos mucho, estamos diseñados de
una manera casi perfecta para enfatizar las concepciones negativas sobre
nosotros mismos. Tras entrevistar a un grupo de hombres homosexuales
en 201 5, Elder, un experto en estrés postraumático, llegó a la conclusión
de que el 90% quería que su novio fuera alto, joven, blanco, musculoso y
masculino. Para la inmensa mayoría de nosotros, que apenas cumplimos
uno de esos requisitos (y mucho menos los cinco a la vez), las aplicaciones
para ligar nos hacen sentir feos de una forma muy eficaz.
Paul reconoce que desde el momento en el que abre la aplicación ya está
nervioso, esperando que llegue el rechazo. John antes era asesor, mide
1,90 y tiene 27 años y unos abdominales que se le marcan aunque lleve
puesto un jersey de lana. Pero, aun así, dice que no le responden a la
mayoría de los mensajes y que se pasa unas 10 horas hablando con gente
a través de la aplicación por cada hora que pasa quedando con chicos para
tomar un café o para practicar sexo.

Para los hombres gais que no son blancos la situación es peor. Vincent,
que organiza sesiones de terapia con hombres negros y latinos a través del
Departamento de Salud Pública de San Francisco, opina que con estas
aplicaciones las minorías raciales reciben dos tipos de respuestas: rechazo
(“lo siento, no me gustan los tíos negros”) o fetichismo (“hola, me gustan
muchísimo los tíos negros”). Paihan, un inmigrante de Taiwán que vive en
Seattle, me enseña su bandeja de entrada de Grindr. Y tiene el mismo
aspecto que la mía: la mayor parte de los mensajes son saludos enviados
sin respuesta. Uno de los pocos mensajes recibidos simplemente reza:
“Asiáaaatico”.

Nada nuevo. Wall Odets, un psicólogo que lleva escribiendo sobre
aislamiento social desde la década de los 80, afirma que los hombres gais
se preocupan ahora por Grindr como antes lo hacían por las saunas. La
diferencia que él ve en sus pacientes más jóvenes es que “si alguien te
rechazaba en una sauna, todavía podías entablar una conversación con él.
Existía la posibilidad de acabar haciendo un amigo o de que acabara
siendo una experiencia social positiva. En una aplicación, simplemente te
ignoran si no te perciben como una conquista sexual o romántica”. Los
hombres homosexuales a los que se entrevistó hablaban de estas
aplicaciones para ligar de la misma forma en que los heterosexuales
hablan de Tinder: “Es una mierda, pero ¿qué haces si no?”. “En las
ciudades pequeñas hay que utilizar las aplicaciones”, explica Michael
Moore, un psicólogo de Yale. “Hacen la función de un pub gay. Pero la
parte negativa es que sacan a la luz todos los prejuicios”.

img7 Lo que estas aplicaciones refuerzan, o quizá simplemente aceleran, es la
versión adulta de lo que Pachankis llama Best Little Boy in the World
Hypothesis (o La hipótesis del niño diez). Cuando somos niños, crecer
dentro del armario hace que concentremos nuestra propia valía en cualquier cosa que el mundo exterior quiera que seamos: buenos
estudiantes, deportistas, cualquier cosa. De adultos, las normas sociales de
nuestra propia comunidad nos presionan para concentrar nuestra valía en
otras cosas: el aspecto físico, la masculinidad, la destreza sexual… Pero
entonces, incluso aunque nos las arreglemos para competir ahí, aunque
hayamos conseguido ser el hombre gay masculino y dominante que
queríamos, lo único que hemos hecho en realidad es condicionarnos para
que nos machaquen cuando, de forma inevitable, lo acabemos perdiendo.

“Solemos vivir nuestra vida a través de los ojos de los demás”, afirma Alan
Downs, psicólogo y autor de The Velvet Rage, un libro sobre la lucha de los
hombres homosexuales con la humillación y la aprobación social.

“Queremos tener un hombre tras otro, más musculoso, con un estatus
social superior, con cualquier cosa que nos haga sentir aceptados más
rápidamente. Nos despertamos con 40 años, agotados, y nos
preguntamos: ‘¿Esto es todo?’. Y entonces viene la depresión”.

Nuestra distancia de lo ‘mainstream’ también es fuente de
nuestro humor, de nuestra resiliencia, de nuestra empatía y
nuestro talento superior para vestirnos, para bailar y para el karaoke.

Perry Halkitis, profesor en la Universidad de Nueva York (NYU), estudia
desde principios de los 90 la diferencia de salud entre personas gais y
hetero. Ha publicado cuatro libros sobre la cultura gay y ha entrevistado a
hombres con VIH, a hombres que se drogan en fiestas y que luchan por
planear su propia boda.
Ese es el motivo por el que hace dos años su sobrino James apareció en
su puerta temblando. Sentó a Halkitis y a su marido en el sofá y les anunció
que era gay. “Le dijimos: ‘Felicidades, tu tarjeta de miembro y tu paquete
de bienvenida están en la habitación de al lado”, recuerda Halkitis. “Pero él
estaba demasiado nervioso como para pillar la broma”.

James se crió en Queens, en una familia grande, cariñosa y liberal. Fue a
un colegio público con otros niños abiertamente homosexuales. “Y aun
así”, dice Halkitis, “para él supuso una crisis emocional. Sabía
racionalmente que todo iba a ir bien, pero estar en el armario no es algo
racional, sino emocional”.
A lo largo de los años, James se había convencido a sí mismo de que
nunca saldría del armario. No quería atraer la atención de la gente, ni tener
que contestar a preguntas para las que no tenía respuesta. Su sexualidad
no tenía sentido para él; ¿cómo lo iba a explicar a otras personas? “En la
tele sólo veía familias tradicionales”, me cuenta. “Pero al mismo tiempo,
veía un montón de porno gay, en el que todo el mundo está
supermusculado y soltero y practica sexo todo el tiempo. Así que pensé que tenía esas dos opciones: una vida de cuento de hadas que nunca
podría tener o esta vida gay en la que no había historia de amor”.
James recuerda el momento exacto en que decidió que iba a salir del
armario. Tendría unos 10 u 11 años y estaba de vacaciones en Long Island
con sus padres. “Miré a nuestro alrededor, vi a nuestra familia y los niños que había por ahí, y pensé: ‘Nunca voy a tener esto’, y me puse a llorar”.

En el momento en que me lo cuenta, veo que está describiendo justo la
misma revelación que sentí yo a su edad, la misma pena. La de James fue
en 2007. La mía fue en 1 992. Halkitis dice que la suya fue en 1 977.
Sorprendido de que alguien a la edad de su sobrino tuviera la misma
experiencia que él, Halkitis decidió que su nuevo proyecto de libro sería
sobre el trauma del armario.
“Incluso ahora, incluso en Nueva York, incluso con padres comprensivos, el
proceso de salida del armario es complicado”, afirma Halkitis. “Quizá
siempre lo sea”.
¿Entonces qué se supone que hay que hacer? Cuando pensamos en las
leyes sobre el matrimonio o en la prohibición de los crímenes de odio,
tendemos a asociarlas a la protección de nuestros derechos. Lo que se
entiende menos es que la ley afecte literalmente a nuestra salud.

Uno de los estudios más sorprendentes que he leído habla sobre un pico
de ansiedad y depresión entre los hombres gais en 2004 y 2005, años en
los que 1 4 Estados aprobaron enmiendas constitucionales que definían el
matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. Entre los
homosexuales de esos Estados se produjo un incremento de un 37% en
los trastornos del estado de ánimo, un aumento de un 42% en el
alcoholismo y un 248% más de trastornos de ansiedad en general.

img8

Lo más escalofriante de esas cifras es que los derechos legales de los gais
de esos Estados no cambiaron en la práctica. En Michigan no nos
podíamos casar ni antes de la enmienda ni después. Las leyes eran
simbólicas. Era solo la forma de informar a los gais de que la mayoría de la
gente no nos quería. Lo que es peor, las tasas de ansiedad y depresión no
solo aumentaron en los Estados donde se aprobaron esas enmiendas.
También subieron (aunque de forma menos dramática) entre los
homosexuales de todo el país. La campaña para hacernos sufrir funcionó.

Ahora asocia eso al hecho de que nuestro país ha elegido a un
Demogorgon naranja cuya administración está tratando abiertamente de
revertir todas y cada una de las victorias que la comunidad gay ha logrado
en los últimos 20 años. El mensaje que esto envía a los gais —
especialmente a los jóvenes que siguen luchando con su identidad— no
podía ser más claro y más aterrador.

Cualquier debate sobre salud mental en los homosexuales tiene que
empezar por lo que ocurre en los colegios. Pese al progreso que tiene lugar
a su alrededor, las instituciones educativas siguen siendo lugares
peligrosos para los niños, llenos de chicos con aspiraciones, profesores
indiferentes y políticas retrógradas. Emily Greytak, directora de
investigación de la organización anti-bullying GLSEN, cuenta que entre
2005 y 201 5 el porcentaje de adolescentes que afirmó sufrir bullying por su
orientación sexual no cayó en absoluto. Solo un 30% de los distritos
escolares del país siguen políticas anti-bullying que mencionan
específicamente a los niños LGTBQ, y otros miles de distritos tienen
políticas que impiden a los profesores hablar sobre la homosexualidad de
forma positiva.

Estas restricciones reducen mucho las posibilidades de los chicos de
gestionar su estrés. Por suerte, no es necesario que todos los profesores y
todos los adolescentes del equipo acepten a los gais de la noche a la
mañana. Desde los últimos cuatro años, Nicholas Hech, investigador en la
Marquette University, dirige grupos de apoyo para niños gais en los
institutos. Los acompaña a través de sus interacciones con sus
compañeros, con sus maestros y con sus padres, e intenta ayudarlos a
separar el estrés típico adolescente del estrés que sufren debido a su
sexualidad. Por ejemplo, los padres de un chico le presionaban para que
estudiara Finanzas en lugar de Arte, simplemente con la esperanza de que
su hijo entrara a un sector en el que encontrara menos homófobos. Pero él
ya sentía ansiedad: si dejaba las Finanzas, ¿se estaba rindiendo ante el
estigma? Y si entraba en Arte y aun así le acosaban, ¿podría contárselo a
sus padres?

El truco, afirma Heck, consiste en que los chicos hagan estas preguntas
abiertamente, porque uno de los síntomas clave de su estrés es el hecho
de evitar hablar sobre el tema. Los niños escuchan comentarios
despectivos en el pasillo, así que deciden irse por otro, o ponerse los cascos para no oír.
Piden al profesor ayuda y este los ignora, así que dejan
de buscar seguridad en los adultos. Pero los chicos del estudio, cuenta
Heck, ya están empezando a rechazar la responsabilidad que solían
achacarse cuando los acosaban. Están aprendiendo que aunque no
puedan cambiar el entorno que los rodea, pueden dejar de culparse a sí
mismos.
Por tanto, para los niños el objetivo es identificar y prevenir el estrés de las
minorías. Pero, ¿qué se puede hacer con aquellos que ya lo hemos
internalizado?

“Se ha trabajado mucho con los adolescentes homosexuales, pero no tanto
con la gente que ronda los 30 o los 40″, comenta Salway. Para él, el
problema es que hemos construido infraestructuras totalmente separadas
en torno a la salud mental, la prevención del VIH y el abuso de sustancias,
pese a que las pruebas indican que no se trata de tres epidemias, sino de
una sola. La gente que se siente rechazada tiende a automedicarse, lo cual
los hace más propensos a mantener relaciones sexuales de riesgo, lo cual
los hace más propensos a contraer VIH, lo cual los hace más propensos a
sentirse rechazados, y así sucesivamente.
En los últimos cinco años, a medida que ha ido creciendo la evidencia de
esta interconexión, varios psicólogos y epidemiólogos han empezado a
tratar la alienación entre los gais como algo “sindémico”: un cúmulo de
problemas de salud, de los cuales ninguno puede arreglarse por sí solo.

img9

Pachankis, el investigador sobre el estrés, acaba de dirigir el primer ensayo aleatorio controlado de terapia del comportamiento cognitivo “de afirmación gay”. Después de años evitando las emociones, muchos homosexuales “no saben, literalmente, lo que sienten”, asegura. Su pareja les dice “te quiero” y ellos contestan: “Vale, yo quiero tortitas”. Lo dejan con el chico que estaban saliendo porque se ha dejado el cepillo de dientes en su casa. O, como muchos de los tíos con los que he hablado, practican sexo sin protección con desconocidos porque no saben escuchar su propia agitación.
Según Pachankis, el desapego emocional de ese tipo es penetrante y
muchos de los hombres con los que trabaja siguen sin reconocer que las
cosas por las que luchan —un cuerpo perfecto, trabajar más y mejor que
sus colegas, conseguir el ligue ideal por Grindr entre semana— están
reforzando su propio miedo al rechazo.
Solo con señalar estos patrones, Pachankis obtuvo grandes resultados: sus
pacientes mostraron una menor tasa de ansiedad, depresión, consumo de
drogas y sexo sin condón en solo tres meses. Ahora está expandiendo el
estudio para que incluya más ciudades, más participantes y un periodo de
tiempo mayor.

Estas soluciones son prometedoras, pero siguen siendo imperfectas. No sé
si llegará a cerrarse la brecha de salud mental entre hombres hetero y gais.
Siempre habrá más niños hetero que gais, siempre estaremos aislados
entre ellos y, de algún modo, creceremos apartados de nuestras familias y
nuestros colegios y nuestras ciudades. Pero quizá no todo es malo.
Nuestra distancia de lo mainstream puede ser la fuente de nuestras
dolencias, pero también es fuente de nuestro humor, de nuestra resiliencia,
de nuestra empatía y nuestro talento superior para vestirnos, para bailar y
para el karaoke. Tenemos que reconocer eso al tiempo que seguimos
luchando por que haya leyes y entornos mejores y al tiempo que vamos
descubriendo cómo tratarnos mejor los unos a los otros.
Sigo pensando en algo que Paul, el desarrollador de software, me dijo: “Los
gais siempre nos hemos dicho que cuando la epidemia del sida se acabara
estaríamos bien. Luego, que cuando pudiéramos casarnos estaríamos
bien. Ahora, que cuando el bullying se acabe estaremos bien. Seguimos
esperando el momento en que lleguemos a sentir que no somos diferentes
de los demás. Pero el hecho es que somos diferentes. Solo nos falta
aceptarlo y trabajar con ello”.
—————————————
Créditos
Texto – MichaelHobb
Traducción de Irene de Andrés, Lara Eleno y Marina Velasco.
Créditos – Portada: PG /Magnum Photos. Imágenes deltexto: Michael
Hobbes; Fotos CarlDe Keyzer/Magnum; Fotos de MichaelChristopher
Brown /Magnum; Hulton Archive /GettyImages; Fotos Thomas Hoepker/
Magnum; Brian Finke; Fotos PeterMarlow/Magnum; Fotos de Jerome
Sessini/Magnum; Donna Ferrato; Jim Goldberg /Magnum Photos.
Diseño – Sandra Garcia
—————————————-

NOTA: Este artículo acaba de ser actualizado (15/01/2019) por el autor del Blog (mainds), porque misteriosamente este artículo desapareción de HuffingtonPost (que raro, no?). Por suerte, alcancé a copiar el post y guardármelo por si lo borraban (acerté). 

Publicado en Cosas de otros Blogs, COSAS DEL ALMA, PARA QUE SEPAS | Etiquetado , | Deja un comentario

Psicología pop: ¡Te he dicho que sonrías!

psicologia

No importa cuándo leas esto, hoy vas a conseguir todo lo que te propongas. Sigue persiguiendo esa meta tan compleja porque no hay nada imposible. ¿No me crees? Deja de refunfuñar, vamos, tú puedes con todo. Persigue tus sueños, ellos saben el camino. Hay un millón de razones para ser feliz, ¡sonríe! Mi poder favorito es estar contigo. ¿Cómo que no me conoces? Pero si de todos los lugares donde he estado… ¡el mejor es a tu lado!

Quizás te haya parecido una escena tierna, entonces lo tuyo no tiene remedio. Cierra el artículo y entrégate al azúcar. Quienes quieran ver al protagonista flotando en un charco de su propia y esponjosa singularidad, que aguanten un poco más. Las mejores aventuras son las que vivimos juntos.

Las consignas cuquis del primer párrafo —y el cierre del segundo— entroncan con una corriente de pensamiento llamada psicología popular o psicología pop, una amalgama de teorías encaminadas a la conquista de algo tan poco aprehensible como la felicidad. De esta corriente penden, a su vez, infinidad de ramificaciones que alcanzan a tocar todos los palos del conocimiento. Psicología positiva, humanista, mindfulness, coaching, etc.

Por hacerlo menos abstracto: cuando alguien te habla del poder de la mente y de las cosas que podrías lograr con ella siguiendo un sencillo método, ese alguien suele llegar a fin de mes gracias a la psicología popular.

En tiempos de estrés generalizado los consejeros de la felicidad tienen vía libre para maniobrar en nuestro consciente. Son los grandes interioristas del siglo XXI: les damos las llaves y dejamos que nos amueblen la cabeza. A menudo lo hacen a través de la literatura de autoayuda. Hace unos días Buenafuente recibió en su programa a Rafael Santandreu, uno de los grandes autores del género, que acudió al espacio condicionado por un hecho insólito: su editorial había enviado al cómico las preguntas que debía hacer… y las respuestas que obtendría.

Santandreu se apresuró a justificar el gesto alegando que «los periodistas hacen muy malas entrevistas» y, a continuación, durante los siguientes trece minutos, teorizó sobre las propiedades terapéuticas de no darle demasiada importancia a las cosas. De modo que la clave está en relativizarlo todo, menos las preguntas de los periodistas.

Nadie les exige ejemplaridad, pero un poco de coherencia ayudaría a dulcificar ciertos recelos. Los prescriptores del optimismo acostumbran a lidiar con críticas de científicos y académicos, que afean el individualismo inoculado mediante estas enseñanzas.

Así lo considera Edgar Cabanas, profesor de la UCJC e investigador del Instituto Max Planck de Berlín, en una conversación con Yorokobu: «La autoayuda, al igual que la psicología positiva, responde a una forma de entendernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. Ambas construyen narrativas del yo altamente individualistas donde la sociedad no existe, sino que es un agregado de individuos, normas, etc. Por ejemplo: yo soy responsable de controlar mis emociones, mis problemas son míos y no sociales o estructurales, si estoy estresado, inquieto o amargado es porque no tengo la fuerza de voluntad suficiente. Este tipo de subjetividad, donde prima el “yo” frente al “resto”, es sin duda dominante en las sociedades actuales».

Según esto, todo depende de mí y de que interprete correctamente el libro de mi gurú. Si le pongo voluntad, superaré la depresión como quien deja de fumar. Me ahorraré la visita al psicólogo. Mutaré en una persona especial. ¿Convertiré el agua en vino con casera? Parece peligroso alimentar una concepción casi milagrosa de la psicología, infalible e inmediata, que sólo sirve para generar frustración y, a largo plazo, mayor infelicidad.

Funcionaría de otra forma con un poco de humor. Probablemente hayan sacado más sonrisas los memes de Paulo Cohelo que sus textos de autoayuda. La psicología pop construye el camino de la felicidad sobre una superficie lisa, pulcra y ridículamente trascendental; tan intensa que parece autoparódica.

Existe un desvío menos formal que se sirve de la psicología positiva para llegar a nuestros bolsillos. Hablamos de Mr Wonderful. Seis años después de su nacimiento, utilizando un humor blanquísimo, la marca catalana ha logrado ser la punta de lanza en el mercado de lo cuqui —según El Confidencial factura más de 30 millones al año—. Su éxito radica en crearnos la necesidad de beber café en tazas pizpiretas y organizarnos las tareas en cuadernos motivacionales. Nos dicen que somos la caña y que podemos con todo, y lo hacen de tal manera que no podemos más que sonreír.

Hasta que el imperio de la sonrisa se desmorona. Puede suceder en cualquier momento. La empresa necesita recortar personal y tú estás demasiado cerca de la puerta. Intentas sobrellevarlo, haces memoria y rescatas las metodologías de tus libros. Recuerdas que la felicidad consiste en autoconocerse y autocontrolarse, pero no puedes. Entonces buscas la empatía de alguien cercano, una palabra de alivio, algo a lo que aferrarte. Y todos te dicen lo mismo: «Sonríe». Suena tan vacío que te provoca vértigo. «Sonríe». Te lo dicen las tazas y las camisetas. «Sonríe, sé feliz». En los centros comerciales, en los anuncios de la tele; está por todas partes. «¡Te he dicho que sonrías!».

Los expertos lo llaman la industria de la felicidad. Consiste en rentabilizar el máximo anhelo de todo ser humano. «Esta industria es muy poderosa, es global, y genera descomunales beneficios. En términos económicos, a toda librería le interesa promocionar y dar prioridad a los libros de autoayuda, y a todo autor le interesa escribir un libro de este género.

El público potencial es, de hecho, todo el mundo», reflexiona Cabanas, que también analiza el caso de Mr. Wonderful: «Su vinculación con la autoayuda no podría ser más clara. ¿Para qué leer un libro si el mensaje es igual de potente con una simple frase en una taza de café? Esto refleja muy bien lo que decía antes: estamos tan familiarizados con este tipo de narrativas del yo y nos sentimos tan reflejados en ellas que nos vale una simple frase para confortarnos o animarnos».

Obviamente, no hay nada de malo en que una marca alcance el éxito comercial. De hecho resulta inspirador. Tampoco en que un autor superventas nos proporcione cierta sensación de seguridad, consuelo o reafirmación. A casi todos nos ha venido bien alguna vez. El problema es que la industria de la felicidad no contempla su reverso. No tiene un plan B. El pensamiento positivo se ha convertido en un imperativo. Encierra un gran desequilibrio que impide que avancemos hacia esa felicidad que propugna, porque como quedó demostrado en Del revés —y Pixar es irrefutable—, la tristeza también sirve para impulsarnos.

Así pues juguemos en una escala de grises. ¿Hoy es un buen día para sonreír? Y tanto. ¿Hay algo imposible? Muchas cosas: encenderse un cigarro con fuego valyrio, tener la química de Ryan Gosling y Emma Stone en  La La Land o encontrarle el puntito a Donald Trump.

Fuente

Publicado en Cosas de otros Blogs, Despertar, Opinion y Debate, PARA QUE SEPAS | Deja un comentario

El Efecto Dunning-Kruger o cómo descubrir a un incompetente.

El Efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, incorrectamente midiendo su habilidad por encima de lo real.

Este sesgo, es atribuido a una inhabilidad meta-cognitiva del sujeto de reconocer su propia ineptitud. Debido a que su habilidad real debilitaría su propia confianza, ya que los individuos competentes asumen, falsamente, que otros tienen una capacidad o conocimiento equivalente al suyo.

“La pasión asociada a una discusión es inversamente proporcional a la cantidad de información real disponible.” Ley de la controversia de Benford.

El fenómeno fue demostrado en una serie de experimentos realizados por Justin Kruger y David Dunning, de la Universidad de Cornell (Nueva York, EE. UU.). Sus resultados fueron publicados en el Journal of Personality and Social Psychology de diciembre de 1999.

En relación a ella, David Dunning y Justin Kruger de la Universidad de Cornell concluyeron:

«Esa incompetencia les impide a su vez darse cuenta de la ausencia de esa habilidad en ellos mismos así como reconocerla en otros individuos.».

Dunning-Kruger-disenosocial

Las investigaciones confirman que el patrón de persona “incompetente e inconsciente de su incompetencia” se replica en situaciones de la vida real, no sólo en pruebas abstractas de laboratorio”.

“Uno de los dramas de nuestro tiempo está en que aquellos que sienten que tienen la razón son estúpidos y que la gente con imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”. Bertrand Russel

Dilbert_-_Los_ingenieros_y_su_empatia_social

“Uno de los dramas de nuestro tiempo está en que aquellos que sienten que tienen la razón son estúpidos y que la gente con imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”. Bertrand Russel

Kruger y Dunning investigaron cierto número de estudios previos que tendían a sugerir que en diversas habilidades como la comprensión lectora, conducción de vehículos de motor, y juegos como el ajedrez o el tenis, “la ignorancia frecuentemente proporciona más confianza que el conocimiento” (como dijo Charles Darwin). Su hipótesis es que, en una habilidad típica que los humanos poseen en mayor o menor grado:

  1. Los individuos incompetentes tienden a sobrestimar su propia habilidad.
  2. Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer la habilidad de otros.
  3. Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer su extrema insuficiencia.
  4. Si pueden ser entrenados para mejorar sustancialmente su propio nivel de habilidad, estos individuos pueden reconocer y aceptar su falta de habilidades previa.

dilbert-disenosocial-leyes

CONCLUSIONES

El Dunning-Kruger nos enseña que antes de valorar la opinión de alguien negativamente hay que considerar la posibilidad de que no se de cuenta de que está errado porque psicológicamente no puede hacerlo.

Y eso nos lleva a otro problema: Los equivocados podemos ser nosotros y no ser conscientes de ello.

Porque este efecto nos sucede a todos en función de cada habilidad.

Es decir, alguien puede ser un experto en un tema o el más capaz del mundo en una determinada habilidad, y sin embargo no estar capacitado para darse cuenta de que no lo es en otros temas o habilidades.

En todo caso, cuando hay una divergencia seria que impide avanzar, siempre hay que tener en cuenta que se puede estar produciendo y actuar en consecuencia.

disenosocial-Dunning-Kruger-equivocado-internetSe trata de comprender que probablemente es un tema de formación. Hay que formar al individuo tanto para que pueda entender el problema como para que se dé cuenta de verdad de que antes no lo entendía.

Son dos las soluciones que se proponen para evitarlo en equipos de trabajo: No conformarse sólo con el propio juicio sobre un tema. No olvidemos que si no estamos preparados para tomar la decisión tampoco estaremos preparados para darnos cuenta de que no lo estamos.

Nuestro consejo es apostar por la formación continua y de calidad para mejorar el conocimiento del capital humano y la capacidad para reconocer las carencias propias que tenemos que solucionar.

En todo caso, saber que existe nos debe enseñar a ser humildes. A saber que en nuestro cerebro hay algo que nos lleva en ocasiones a ver con total nitidez que estamos en posesión de la razón en un tema y sin embargo tratarse de una ilusión.

Y eso, cuando alguien dirige un equipo o una empresa puede llevar a tomar decisiones muy perjudiciales.

Por eso, te invito a que en la próxima discrepancia que tengas con alguien, en la empresa o en tu vida particular, pares un momento y reflexiones… ¿realmente estás más preparado que tu interlocutor en ese tema o lo que pasa es que tus conocimientos de la materia no son los suficientes para que puedas comprender que el otro tiene razón?.

________________

APROVECHAMOS PARA DEJAROS, YA EN TONO DE HUMOR,
OTRAS LEYES MENOS “CIENTÍFICAS” PERO IGUAL DE CURIOSAS:

Si mezclamos el principio de Pareto con el Efecto Dunning-Kruger, el cual afirma que personas con escaso conocimiento tienden a pensar sistematicamente que saben mas que los demás, obtendremos el principio de meta-Pareto:

“Al menos el 80% de la población piensa que esta entre el 20% más inteligente.”
Principio de Meta-Pareto.

Arthur Charles Clarke, el autor de la novela “2001 Odisea en el espacio” establecía una acertadísima primera Ley de Clarke en 1962:

“Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, casi seguro esta en lo cierto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente se equivoca.” Primera Ley de Clarke.

El principio de Hanlon también es llamado la navaja de Hanlon, muy similar al concepto de la navaja de Occam:

“Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez” Principio de Hanlon.

¿Podría explicar el Principio de Halon, por ejemplo, la Crisis en España?

Una de las leyes mas conocidas en Internet es la Ley de Godwin dice así:

“A medida que avanza una discusión en Internet, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler (o a los nazis) tiende a uno.”
Ley de Godwin

El Principio de Peter hace referencia a lo fácil que es encontrar empleados que son totalmente incompetentes en un puesto de trabajo:

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta llegar a su nivel de incompetencia”. Principio de Peter.

tiradilbert_disenosocial_leyes

Existe una variación sarcástica de este principio, creada por Scott Adams: El principio de Dilbert (basado en sus tiras cómicas), en la que explica que los empleados mas incompetentes suelen estar en cargos directivos para limitar el daño que pueden hacer.

La Ley de Danth es particularmente destacable en entornos en los que los usuarios no aceptan críticas:

“Si en una discusión tienes que insistir en que ganaste, es probable que hayas perdido miserablemente.” Ley de Danth.

Las Leyes de Wilcox-McCandlish son un conjunto de leyes, corolarios y excepciones sobre las discusiones que se salen de su tema principal. Aquí una de ellas:

“Si una discusión se ha caldeado lo suficiente (flame), todos los cambios de tema o de dirección de la discusión serán a peor.” Excepción al primer corolario de McCandlish.

La Ley de Hofstadter, creada por Douglas Hofstadter, hijo del científico que dio nombre al personaje de Leonard en la serie Big Bang Theory:

“Una actividad siempre lleva más tiempo del esperado, incluso si tienes en cuenta La Ley de Hofstadter.” Ley de Hofstadter.

La Ley de Parkinson (1957), en relación con la productividad en la realización de trabajos, fue enunciada por Cyril Northcote Parkinson:

“El trabajo se expande hasta llenar el tiempo de que se dispone para realizarlo”.
Primera Ley de Parkinson

corolarios-ley-de-parkinson

 

 

 

 

 

fuente

Publicado en PARA QUE SEPAS | Deja un comentario

El viaje de tu ADN

momondo, el buscador de viajes nos sorprende con un vídeo que se ha hecho viral y además, ofrece la posibilidad de hacerte el análisis de tu adn, y viajar a esos lugares de donde procedes. ¡¿Que loco, no?!. Pues si, esto es especial para aquellos racistas acérrimos, que justifican el odiar a una raza particular porque creen tener “sangre pura”. Pura?, de que?. Mira el vídeo y luego verás. No olvides activar los subtítulos si el vídeo no esta en español.

Publicado en PARA QUE SEPAS | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Elizabeth Kübler-Ross: La connotada científica que confirmó que sí existe el Más Allá

Impresionante. Recomiendo la película Nosso Lar (Mi Hogar). Y el libro Nuestro Hogar.

Vida después de la muerte

Esta médico y psiquiatra suiza recabó centenares de testimonios de experiencias extracorporales, lo que la llevó a concluir que “la muerte no era un fin, sino un radiante comienzo”.

La doctora suiza Elizabeth Kübler-Ross se convirtió en el siglo XX en una de las mayores expertas mundiales en el tétrico campo de la muerte, al implementar modernos cuidados paliativos con personas moribundas para que éstas afrontaran el fin de su vida con serenidad y hasta con alegría (en su libro “On death and dying”, de 1969, que versa sobre la muerte y el acto de morir, describe las diferentes fases del enfermo según se aproxima su muerte, esto es, la negación, ira, negociación, depresión y aceptación). Sin embargo, esta médico, psiquiatra y escritora nacida en Zurich en 1926 también se transformó en una pionera en el campo de la investigación de las experiencias cercanas a la muerte, lo que le…

Ver la entrada original 2.429 palabras más

Publicado en PARA QUE SEPAS | 1 Comentario

Experimentacion humana

Desde 1945, cientos de miles de militares han estado implicados en casos de experimentación con seres humanos. Estas prácticas estaban dirigidas por el Gobierno de los Estados Unidos y normalmente se llevaban a cabo sin el conocimiento o consentimiento de los implicados. Gracias a documentos desclasificados recientemente, conoceremos por primera vez la verdad que se escondía detrás de hechos que fueron ocultados para garantizar la ‘seguridad nacional’..

Origen: Experimentacion humana

Publicado en PARA QUE SEPAS | Etiquetado , , | Deja un comentario

Pervitina: El Capitán América Y La Droga Que Derrotaba A Cualquier Enemigo

Pervitina: El Capitán América Y La Droga Que Derrotaba A Cualquier Enemigo

nacisti-pervitin-rat-hitler

Publicado en Cosas de otros Blogs, Opinion y Debate, PARA QUE SEPAS | Deja un comentario

Volver A Casa Después De Vivir En Otro País No Es Tan Fácil Como Parece

Volver A Casa Después De Vivir En Otro País No Es Tan Fácil Como Parece

Publicado en PARA QUE SEPAS | Deja un comentario

10 cosas que aprendi

un genial articulo escrito por el no menos genial Milton Glaser , cortesia de foro Alfa

1. Sólo puedes trabajar para gente que te agrada.

Es una regla curiosa que me llevó mucho tiempo aprender porque, de
hecho, en los inicios de mi práctica sentía lo contrario. Ser profesional
requería que no te gustara particularmente la gente para la cual trabajabas, o
al menos que mantuvieras una relación distante, lo que significaba no almorzar
con los clientes ni tener encuentros sociales. Hace algunos años me di cuenta de
que lo opuesto era verdad. Descubrí que todo el trabajo valioso y significativo
que había producido, provenía de relaciones afectivas con los clientes. No estoy
hablando de profesionalismo; estoy hablando de afecto. Estoy hablando de
compartir con el cliente algunos principios comunes. Que de hecho tu visión de
la vida sea congruente con la del cliente. De otro modo la lucha es amarga y sin
esperanzas.

2. Si puedes elegir, no tengas un empleo

Una noche estaba sentado en mi auto fuera de la Universidad de
Columbia, donde mi esposa Shirley estudiaba antropología. Mientras esperaba
escuchaba la radio y oí a un periodista preguntar: «Ahora que llegó a los
setenta y cinco, ¿tiene algún consejo para nuestra audiencia sobre cómo
prepararse para la vejez?». Una voz irritada dijo: «¿Por qué últimamente todos
me preguntan sobre la vejez?». Reconocí la voz de John Cage. Estoy seguro que
muchos saben quién fue —el compositor y filósofo que influenció a gente como
Jasper Johns y Merce Cunningham y al mundo de la música en general. Apenas lo
conocí y admiré su contribución a nuestro tiempo. «Sabes, no se cómo prepararme
para la vejez», dijo. «Nunca tuve un empleo, porque si tienes un empleo, algún
día alguien te lo sacará y entonces no estarás preparado para la vejez. Para mi
ha sido lo mismo cada día desde los doce. Me levanto a la mañana y trato de
darme una idea de cómo llevar el pan a la mesa hoy. Es lo mismo a los setenta y
cinco: me levanto cada mañana y pienso cómo voy a llevar el pan a la mesa hoy.
Estoy excelentemente bien preparado para la vejez».

3. Alguna gente es tóxica, mejor evitarla

(Este es un apartado del punto 1) En los sesenta había un hombre
llamado Fritz Perls que era psicólogo gestáltico. La terapia Gestalt, derivada
de la historia del arte, propone que debes comprender el «todo» antes de los
detalles. Lo que debes observar es la cultura entera, la familia completa, y la
comunidad, etc. Perls proponía que en todas las relaciones la gente puede ser
tanto tóxica como enriquecedora entre sí. No es necesariamente cierto que la
misma persona será tóxica o enriquecedora en todas sus relaciones, pero la
combinación de dos personas puede producir consecuencias tóxicas o
enriquecedoras. Y lo importante que puedo contar es que hay un test para determinar si alguien es tóxico o enriquecedor en su
relación contigo. Aquí va el test: tienes que pasar algún
tiempo con la persona, así sea tomar un trago, ir a cenar o ir a ver un juego
deportivo. No importa demasiado, pero al final observa si te sientes con más o
menos energía, si estas cansado o si estás fortalecido. Si estas más cansado,
entonces te han envenenado. Si tienes más energía, te han enriquecido. El
test es casi infalible y sugiero usarlo toda la vida.

4. El profesionalismo no alcanza, o lo bueno es enemigo de lo
genial

Cuando comencé mi carrera quería ser profesional. Esa era mi aspiración
porque los profesionales parecía saber todo —sin mencionar que además les pagan
por eso. Más tarde, después de trabajar un tiempo, descubrí que el
profesionalismo en si mismo era una limitante. Después de todo, lo que
profesionalismo significa en la mayoría de los casos es «reducción de riesgos».
Así, si quieres arreglar tu auto vas a un mecánico que sepa como lidiar con el
problema que tiene. Supongo que si necesitas cirugía del cerebro no querrás
tener cerca a un doctor tonto inventando una nueva forma de conectar tus
terminaciones nerviosas. Por favor hazlo de la forma que ha funcionado bien en
el pasado.

Desafortunadamente nuestro campo, el así llamado creativo (odio esa palabra
porque se suele usar mal, odio el hecho de que se la use como sustantivo, ¿te
imaginas llamar a alguien creativo?), cuando haces algo en forma recurrente para
reducir riesgos o lo haces de la misma forma en que lo has hecho antes, se
vuelve claro por qué el profesionalismo no es suficiente. Después de todo, lo
que ser requiere en nuestro campo, más que cualquier otra cosa, es la
transgresión continua. El profesionalismo no da lugar a la transgresión porque
ésta incluye la posibilidad de error, y si eres profesional tu instinto te dicta
no fallar, sino repetir el éxito. Entonces el profesionalismo como aspiración de
vida es una meta limitada.

5. Menos no necesariamente es más

Al ser hijo del modernismo escuché este mantra toda mi vida: «menos
es más». Una mañana, antes de levantarme, me di cuenta de que era un sinsentido
total, un asunto absurdo y bastante vacío. Pero suena importante porque contiene
dentro de sí una paradoja resistente a la razón. Sin embargo no funciona cuando
pensamos en la historia visual del mundo. Si observas una alfombra persa, no
puedes decir que menos es más porque te das cuenta de que cada parte de esa
alfombra, cada cambio de color, cada cambio de forma es absolutamente esencial
para su calidad estética. No se puede probar de ninguna manera que una alfombra
lisa es superior. Lo mismo con el trabajo de Gaudí, las miniaturas persas, el
art nouveau y muchas otras cosas. Tengo una máxima alternativa que creo
que es más apropiada: «suficiente es más».

6. El estilo no es confiable

Creo que esta idea se me ocurrió por primera vez cuando miraba una
maravillosa acuarela de un toro de Picasso. Era una ilustración para un cuento
de Balzac llamado «La obra maestra desconocida». Es un toro expresado en doce
estilos diferentes, desde una versión muy naturalista a una abstracción
reducida a una simple línea, con todos los pasos intermedios. Lo que surge con
claridad al observar este impreso es que el estilo es irrelevante. En cada uno
de esos casos, desde la abstracción extrema al naturalismo fiel, todos son
extraordinarios más allá del estilo. Es absurdo ser leal a un estilo. No merece
tu lealtad. Debo decir que para los viejos profesionales del diseño es un
problema, porque el campo está manejado más que nunca por intereses económicos.
El cambio de estilo suele estar ligado a factores económicos, como todos los que
leyeron a Marx saben. También se produce cansancio cuando la gente ve demasiado
de lo mismo todo el tiempo. Entonces, cada diez años más o menos se produce un
cambio estilístico y las cosas se vuelven diferentes. Las tipografías van y
vienen y el sistema visual cambia un poco. Si tienes años de trabajo como
diseñador tienes el problema esencial de qué hacer. Quiero decir, después de
todo, has desarrollado un vocabulario, una forma que te es propia. Es uno de los
modos de distinguirte de tus pares y establecer tu identidad en el campo del
diseño. Mantener tus creencias y preferencias se vuelve un acto de equilibrio.
La duda entre perseguir el cambio o mantener tu propia forma distintiva se
vuelve complicado. Todos hemos conocido casos de ilustres médicos cuyo trabajo
repentinamente se pasó de moda o, más precisamente, se quedó en el tiempo. Y
allí hay historias tristes como la de Casandre, indiscutidamente el más grande
diseñador gráfico de la década del 20 del siglo XX, que no pudo ganarse la vida
en sus últimos años y se suicidó.

7. En la medida en que vives, tu cerebro cambia

El cerebro es el órgano más activo del cuerpo. De hecho es el órgano más
susceptible de cambiar y regenerarse de todos los órganos. Tengo un amigo
llamado Gerard Edelman que es un gran erudito en estudios del cerebro, que dice
que la analogía del cerebro con la computadora es lamentable. El cerebro es más
como un jardín silvestre que constantemente está creciendo y esparciendo
semillas, regenerándose, etc. Y él cree que el cerebro es susceptible —en una
forma de la cual no somos totalmente concientes— a toda experiencia y a todo
encuentro que tengamos en nuestra vida.

Me fascinó una historia en un periódico hace pocos años acerca de la búsqueda
del oído absoluto. Un grupo de científicos decidió que descubriría por qué
alguna gente tiene oído absoluto. Son los que pueden escuchar una nota con
precisión y replicarla exactamente en el tono correcto. Alguna gente tiene un
oído muy fino, pero el oído absoluto es raro incluso entre los músicos. Los
científicos descubrieron —no sé cómo— que en la gente con oído absoluto el
cerebro era diferente. Ciertos lóbulos del cerebro habían experimentado algún
cambio o deformación recurrente entre quienes tenían oído absoluto. Esto fue
suficientemente interesante en sí mismo, pero entonces descubrieron algo aún más
fascinante: si tomas un grupo de niños de cuatro o cinco años de edad y les
enseñas a tocar el violín, luego de unos años algunos de ellos habrán
desarrollado el oído absoluto, y en todos esos casos su estructura cerebral
habrá cambiado. Bien… ¿qué podría significar eso para el resto de nosotros?
Tendemos a creer que la mente afecta al cuerpo y el cuerpo afecta la mente, pero
generalmente no creemos que todo lo que hacemos afecte el cerebro. Estoy
convencido de que si alguien me gritara desde el otro lado de la calle mi
cerebro podría ser afectado y mi vida podría cambiar. Es por eso que mi madre
siempre decía: «no te juntes con esos chicos malos». Mamá tenía razón. El
pensamiento cambia nuestra vida y nuestro comportamiento.

También creo que el dibujo funciona de la misma manera. Soy un gran defensor
del dibujo, no por haberme convertido en ilustrador, sino porque creo que el
dibujo cambia el cerebro de la misma forma en que encontrar la nota correcta
cambia la vida de un violinista. El dibujo te vuelve atento, te hace prestar
atención a lo que ves, lo cual no es tan fácil.

8. La duda es mejor que la certeza

Todo el mundo habla siempre de tener confianza, de creer en lo que haces.
Recuerdo una vez en clase de yoga, el profesor dijo que, espiritualmente
hablando, si tu crees que has alcanzado la iluminación apenas has alcanzado tus
límites. Pienso que es verdad en un sentido práctico. Las creencias
profundamente arraigadas de cualquier tipo evitan que te abras a experimentar, y
es por eso que encuentro cuestionable a toda posición ideológica sostenida con
firmeza. Me pone nervioso cuando alguien cree demasiado en algo. Ser escéptico y
cuestionar toda convicción arraigada es esencial. Por supuesto hay que tener
clara la diferencia entre escepticismo y cinismo, porque el cinismo es tan
restrictivo a la propia apertura al mundo como las convicciones apasionadas: son
como gemelos. En definitiva, resolver cualquier problema es más importante que
tener razón. Existe una sensación de autosuficiencia tanto en el mundo del arte
como en el del diseño. Tal vez comienza en la escuela. Las escuelas de arte a
menudo comienzan con el modelo de personalidad singular de Ayn Rand, resistiendo
a las ideas de la cultura que la rodeaba. La teoría de las vanguardias es que
como individuo tu puedes transformar el mundo, lo cual es verdad hasta cierto
punto. Uno de los signos del ego dañado es la certeza absoluta.

Las escuelas alientan la idea de no comprometerse y defender tu trabajo a
toda costa. Bien, el asunto es que todo trabajo tiene que ver más que nada con
la naturaleza del compromiso. Sólo tienes que saber con qué comprometerte. La
búsqueda ciega de tus propios fines a costas de excluir la posibilidad de que
otros puedan tener razón, no tiene en cuenta el hecho de que en diseño siempre
lidiamos con una tríada: el cliente, la audiencia y tu mismo. Lo ideal sería que
mediante alguna clase de negociación todas las partes ganaran, pero la
autosuficiencia suele ser el enemigo. El narcisismo generalmente proviene de
alguna clase de trauma de la infancia que no debe profundizarse. Se trata de un
aspecto muy difícil en las relaciones humanas. Hace algunos años leí una cosa
muy notable sobre el amor, que también aplica a la naturaleza de la relación con
los otros. Era una cita de Iris Murdoch en su obituario. Decía: «El amor es el
hecho extremadamente difícil de darse cuenta de que el otro, que no es uno, es
real». ¡¿No es fantástico?! La mejor conclusión sobre el tema del amor que se
pueda imaginar.

9. Sobre la edad

El año pasado alguien me regalo para mi cumpleaños un libro encantador de
Roger Rosenblatt, llamado «Ageing Gracefully» (Envejeciendo con
gracia). No me di cuenta del título en el momento, pero contiene una serie de
reglas para envejecer con gracia. La primera regla es la mejor: «No importa. No
importa lo que pienses. Sigue esta regla y agregarás décadas a tu vida. No
importa si es tarde o temprano, si estás aquí o allá, si lo dijiste o no, si
eres inteligente o estúpido. Si saliste despeinado o calvo o si tu jefe te mira
cruzado o tu novio o novia te mira cruzado, si tu estás cruzado. Si consigues o
no que te den ese ascenso o premio o casa —no importa». Sabiduría al fin.
Entonces escuché un maravilloso cuento que parecía relacionada con la regla
número diez: Un carnicero estaba abriendo su negocio una mañana y mientras lo
hacía un conejo asomó su cabeza a través de la puerta. El carnicero se
sorprendió cuando el conejo preguntó: «¿Tiene repollo?». El carnicero dijo:
«Esta es una carnicería, vendemos carne, no vegetales». El conejo se fue
saltando. Al día siguiente el carnicero estába abriendo su negocio y el conejo
asomó su cabeza y preguntó: «¿Tiene repollo?». El carnicero ahora enojado le
respondió: «Escúchame pequeño roedor, te dije ayer que vendemos carne, no
vegetales, y la próxima vez que vengas por aquí te voy a agarrar del cogote y
clavaré esas orejas flojas al suelo». El conejo desapareció precipitadamente y
nada sucedió durante una semana. Entonces una mañana el conejo asomó su cabeza
desde la esquina y preguntó: «¿tiene clavos?». El carnicero dijo: «No». Entonces
el conejo dijo: «Tiene repollo».

10. Decir la verdad

El cuento del conejo es importante porque se me ocurrió que buscar
repollo en una carnicería sería como buscar ética en el campo del diseño. No
parece ser el lugar más adecuado para encontrarla tampoco. Es interesante
observar que en el nuevo código de ética de la AIGA (American Institute of
Graphic Arts)
aparece una cantidad importante de información sobre
conductas para con los clientes y para con otros diseñadores, pero ni una
palabra acerca de la relación del diseñador con el público. Lo que se espera del
carnicero es que venda carne que se pueda comer y no mercadería engañosa.
Recuerdo haber leído que durante los años de Stalin en Rusia, todo lo que
llevaba la etiqueta de «ternera» en realidad era pollo. No me quiero imaginar
qué sería lo que llevaba la etiqueta «pollo». Podemos aceptar algún nivel mínimo
de engaño, como que nos mientan a cerca del tenor graso de sus hamburguesas,
pero cuando el carnicero nos vende carne podrida nos vamos a otra parte. Como
diseñadores ¿tenemos menos responsabilidad con nuestro público que un carnicero?
Quien esté interesado en matricular el diseño gráfico, debería notar que la
razón de ser de una matrícula es proteger al público, no a los diseñadores ni a
los clientes. «No hacer daño» es una advertencia a los doctores que tiene que
ver con la relación con sus pacientes, no con sus colegas o con los
laboratorios. Si fuéramos matriculados, decir la verdad se convertiría en algo
más importante en nuestra actividad.

Leído en: lacoctelera.com (sitio cerrado, lamentamos esto).

Publicado en PARA QUE SEPAS | Deja un comentario